ENNIO RESTAURADA AMARILLO2

“LA DESTRUCCIÓN DE LA EDUCACIÓN PÚBLICA ES UN FACTOR DISGREGADOR PARA LA NACIONALIDAD”

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A cuatro meses de instalarse en la Rectoría de la Universidad, Ennio Vivaldi revisa sus definiciones para este período que recién comienza y que buscan relevar el sentido de pertenencia e identidad, el valor del espacio público y la potencia que debe tener esta reforma educacional. Un giro en la mirada sobre la Universidad, desde la óptica del primer rector de izquierda en cincuenta años.

 

Por Ana Rodríguez S.

Fotos: Alejandra Fuenzalida y Felipe PoGa

 

El mes pasado, Ennio Vivaldi (64) fue nombrado hijo ilustre de Concepción, ciudad donde nació y vivió hasta que emigró a la capital para estudiar en la Universidad de Chile, en 1967. Dice que tomó la decisión de partir un poco guiado por un afán de independencia “propio de la edad”, pero también atraído por seguir la carrera en una universidad distinta a la que tradicionalmente perteneció su familia, la Universidad de Concepción.

– La Chile para mí representaba una gran institución de la república, con un gran sentido de identidad nacional y excelencia académica. Lo que la Universidad había hecho por la salud en Chile era algo conocido. Lo que habían hecho con las artes, también- dice.

Vivaldi recuerda que en esa época había un humorista, Jorge Romero. Su personaje, Pepe Pato, imitaba la forma de hablar de una clase socioeconómica superior. Vivaldi pensaba que el asunto era un invento hasta que llegó a Santiago y se encontró por primera vez con gente que hablaba -de verdad- como Pepe Pato.

-En provincias no existía esa “elite socioeconómica” que marcaba un territorio aparte. No tenías esta cosa brutalmente segregada, casi un apartheid que te encuentras en Santiago- dice el rector.

Sus recuerdos más importantes de Concepción tienen relación con esto: una ciudad de tamaño ideal, caminable, de mucha amistad e interacción social. Un lugar mucho más integrado socialmente.

-Es lo que tantas veces se ha repetido que representa la educación pública, en términos de hacerte sentir parte de un pueblo, de un país, de un tejido social- explica.

Después de 50 años es el primer rector de izquierda en esta Universidad. ¿Qué significa eso para usted?

-Mucho. Es un desafío enorme, sobre todo por el sentido de identidad y de capacidad constructiva que tiene la izquierda. Me parece tremendamente importante que un pensamiento de izquierda tenga la oportunidad de aparecer como una alternativa viable de conducta y de transformación. La Universidad es esencialmente pluralista. Pero merecer el respaldo a un pensamiento como el mío, que ha sido siempre muy explícito en sus fundamentos éticos e ideológicos, es emocionante.

 ¿Cuál es la importancia que tiene hoy la Universidad de Chile y qué relevancia puede llegar a tener en el panorama actual, después de tantos años de despojo y sobrevivencia?

Hoy día está el gran tema de la reconstrucción, de la reformulación, de la universidad estatal. Ante la discusión sobre el presupuesto, que está tan en boga, uno entra a sospechar muy fuertemente que más que un tema económico, lo que realmente está detrás es algo ideológico y político. ¿Queremos o no que vuelvan a haber universidades estatales en Chile? A lo mejor a lo que se están oponiendo no es a que les den plata, sino a que se les reconozca una condición diferenciadora de universidad estatal. Esta idea que ha tratado de imponerse en Chile de que estatal es poco menos que sinónimo de estalinismo, es una locura. El Estado es una creación del desarrollo del capitalismo, la educación pública es un desarrollo del Estado nacional. El rol que juega el Estado en la sociedad es un rol que no es patrimonio en absoluto de la izquierda. A la construcción de un nuevo Estado están llamados todos y nosotros como Universidad de Chile felices de albergar a todas las posiciones ideológicas para reconstruir un sistema educacional. Hay temas sensibles que no se han conversado: la importancia de la educación pública en la reafirmación de patria, de cohesión nacional. La destrucción de la educación pública es un factor disgregador para la nacionalidad.

Entonces, ¿A qué cree que respondió esta idea de disgregar, cercenar, la educación pública?

-Yo diría disgregar el país al destruir la educación pública. No querer asumir que la educación pública juega un papel muy importante en la cohesión que el país quiere. La idea de que para todo era buena la libre competencia, que el Estado no tenía que meterse en nada, llevada al extremo es ridícula. Está demostrado que la competencia no genera mejores sectores de educación y que en Chile lo que tú terminas pagando es la segregación social más que la calidad de la educación. Y que cuando una familia paga más por el colegio de su hijo está pagando para que su hijo no se junte con niños de niveles socioeconómicos más bajos. Este es un buen momento para todos de repensar. Cada uno tendrá el derecho de plantear sus opciones y alternativas.

En este escenario, ¿cómo se plantea la Universidad frente a la reforma?

-Lo fundamental es la reconstrucción del espacio público y de la educación pública. En el debate sobre educación no siempre hemos estado a la altura de la gran meta que es reconstruir un sistema de educación para todos los chilenos y en torno a eso uno debería armar la discusión. Por el contrario, lo que uno ve es un afán de enfatizar cosas que son más bien adjetivas, accesorias. Lo relevante es el esfuerzo por volver a financiar como país un sistema educacional público. Me parece válido que todos tengan qué decir sobre los objetivos de la educación pública y la reforma. Pero en torno a ese gran objetivo.

Usted ha dicho que el tema de la gratuidad es un problema conceptual y no económico.

-Sí. Lo es cuando lo que se espera es que el futuro profesional sienta un vínculo con su pueblo, en contraposición a un profesional que siente que llegó a serlo a pesar de los obstáculos, que logró conseguir los préstamos, y si bien ahora está endeudado, espera de alguna manera compensarlo. Al obtener financiamiento individual el tema cae en la transacción comercial que tenga un estudio universitario. Cómo le van a pedir a un médico que ejerza en una población cuando está totalmente endeudado, y cuando toda la vida le han enseñado que lo importante es que vele por su interés personal y que la sociedad no existe, como diría la Thatcher. Cómo le van a pedir que sea ahora un apóstol.

¿Cómo evalúa la gestión del ministro Eyzaguirre?

-Bien. Creo que es honesto en lo que está haciendo, que está genuinamente comprometido con la reconstrucción de la educación pública.

¿Y qué le parece como lo han tratado?

-No solamente cómo lo han tratado a él sino cómo han tratado el tema. Eso es lo triste.

¿Qué le parece que lo haya entrevistado Carlos Peña para El Mercurio?

– Es absolutamente increíble. Un diario con una línea editorial que no oculta manda a un columnista, que a su vez es director de una universidad privada, a entrevistarlo. De ahí hacen un gran qué por el tema de la gratuidad por cuatro años, pero van a hacer un qué por todo. Los dichos de Eyzaguirre no son analizados en su mérito, sino en función de crear un ambiente, de instalar la idea de que el ministro es errático. Hay mucha intencionalidad en el debate.

Y una tendencia a generar pánico entre la gente.

-Por supuesto. Es clave y categórico hablar desde el respeto, desde la voluntad de diálogo y no con esta tendencia de que, para llamar la atención, para recibir más prensa, se parte insultando y casi que la guerra mundial empezó por estos dichos. Eso es absurdo. Si realmente uno tiene una responsabilidad para con el país, tiene que estar dispuesto a un intercambio decente, a un diálogo de ideas.

También se han hecho cosas concretas para movilizar a la población. Hubo una caminata contra la reforma.

-Ese es un tema muy interesante, la capacidad de movilización que tienen los referentes políticos. A mí me parece fantástico que sea la anti reforma la que convoque a gente a marchar y no la reforma.

 

LEGADO Y PARTICIPACIÓN

Ennio Vivaldi cursaba el último año de medicina cuando fue el Golpe de Estado. En esa época, junto a algunos compañeros publicaron un artículo en la revista Nature relatando el ambiente que se vivía en la Universidad. Cosas que comenzaban a hacerse cotidianas: la tortura, las violaciones a los Derechos Humanos, la desaparición de los amigos. La pérdida de valores como el respeto por el mundo intelectual o la autonomía universitaria.

-Conceptos destruidos, que los hicieron desaparecer. Eso es una experiencia tremendamente poderosa y marcadora hasta el día de hoy- asegura.

El Golpe, dice, fue un cambio drástico de la autoimagen del país. Por eso hay que erradicar elementos que son aún un legado vigente.

¿Qué le parece la derogación del DFL2?

-Un signo de civilización. Veo una voluntad de que no sigamos sujetos a cosas que se hicieron en un momento de la historia de Chile realmente excepcional. Es básicamente decir, replanteemos la discusión en términos del Chile contemporáneo. No lo veo para nada como un gesto a favor de la triestamentalidad en sí. En discusiones ulteriores se debatirá qué se quiere hacer respecto a la participación de estudiantes y funcionarios, es un debate pendiente. Pero lo del DFL2 yo lo veo como una voluntad de liberarnos de una normativa que se impuso y que recuerda al orfelinato de Oliver Twist. Un estilo, un lenguaje que no tiene nada que ver con el concepto de comunidad universitaria o la valoración del aporte que los estudiantes pueden hacer.

Aún así hay detractores. Los estudiantes de derecho de la Católica salieron a decir que la derogación del DFL2 podía supeditar los fines universitarios a voluntades políticas.

-Yo no conozco un caso de supeditación de los fines universitarios a las voluntades políticas como el que sucedió el ‘73 y el ‘81, si es por eso. Ahí uno tiene que tener cuidado y decir si está hablando de política o tomando un partido. Esta tan manía expresión “de cara al siglo XXI” no puede significar solamente la incorporación de tecnologías. Para mí es dejar atrás un siglo que estuvo lleno de dictaduras, totalitarismos y guerras.

Más allá de lo material, ¿cuál cree que fue la consecuencia más grave del despojo que sufrió la Universidad?

-Esta fue una Universidad sometida, intervenida. Hubo un esfuerzo por cambiar el espíritu, esta vocación de servicio público fue avasallada; el sentido de pertenencia, esta voluntad altruista, brutalmente diezmados. El espíritu de colaboración pública no puede ser confundido con una ideología política porque esa vocación no es privativa de ninguna ideología.

¿Cómo ve usted al movimiento estudiantil hoy día?

– Hay que hacer una reflexión sobre cómo la política terminó enajenando a la mejor juventud. Ese es el gran tema que está en juego: que las opciones preponderantes en la política nacional no fueran capaces de seducir a los jóvenes de elite universitaria, me parece que es un tema que debería llamar a una reflexión profunda. Sobre el movimiento estudiantil no tengo duda alguna sobre su vuelo intelectual. Los dirigentes estudiantiles, al menos los de la Chile, suelen ser muy inteligentes y de gran compromiso social.

De hecho, el que estemos discutiendo una reforma educacional viene de un largo movimiento estudiantil.

-Absolutamente. Ellos fueron los que lograron imponer un nuevo capítulo en la Universidad de Chile. Además, yo nunca he visto un movimiento estudiantil que defienda una educación menos exigente. Por el contrario, siempre se quejan por lo que consideran una calidad deficiente en la educación que están recibiendo.

¿Cree que el debate de la reforma está conectado con el movimiento estudiantil? ¿Hay diálogo ahí?

-Lamentablemente ha habido una separación entre los grupos políticos del país y el movimiento estudiantil que es indudable. Eso se nota en los sectores llamados progresistas o centro izquierda y en la poca relevancia que han logrado tener en cuanto a captar masivamente al estudiantado universitario.

Es importante porque los estudiantes tienen un rol en la reflexión crítica sobre cómo se construye el país.

-La juventud es la más interesada porque son quienes están viendo la sociedad en la que van a vivir. En general -puede llamarse idealismo o como sea- se plantean la mejor sociedad concebible por encima de los intereses directos que ellos tengan, lo que le da una connotación muy especial al movimiento estudiantil. Hay una cosa histórica, en América Latina los estudiantes suelen asumir un rol de progresismo social por la dificultad que tienen otros sectores de la sociedad para expresarse.

 

 

*Publicado en El Paracaídas #1

 

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