DERECHO 01

EL DÍA QUE PINOCHET LLEGÓ A DERECHO

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Testigo de cómo la dictadura entró para descalabrar la Universidad, la abogada y académica de la escuela de Derecho cuenta cómo fue vivir los cambios estando dentro y el complicado regreso a la democracia. “Yo no creí que iba a pasar tantos como los que tuvimos que pasar”.

Por Simón Boric F.

María Angélica Figueroa, abogada y académica de la Escuela de Derecho, recuerda el ingreso de Augusto Pinochet como si fuera ayer. Corría el año 1987 y el país, especialmente la capital, se encontraba envuelto en un álgido ambiente de manifestaciones en contra de la dictadura militar. Los estudiantes de la Universidad de Chile estaban movilizados desde hacía varios meses, empecinados en restituir la democracia tanto en el país como al interior de la casa de estudios.

Ese día de octubre, María Angélica estaba mirando desde la ventana del segundo piso de la facultad hacia el parque frente a calle Pio Nono, cuando de repente aparecieron unos autos color acero.

-De adentro salió Pinochet con su traje y su capa directo a revisar el sitio de los hechos- recuerda Figueroa.

El día anterior, los alumnos habían bajado la oficina del decano al pórtico de la escuela, trasladando el decanato simbólicamente afuera de la Facultad. La medida era una reacción de los estudiantes ante la designación de José Luis Federici como Rector de la Universidad, conocido por ser fiel operador del régimen y artífice de la privatización de varias empresas del Estado.

-Ver a Pinochet llegar a la Facultad como reacción de lo que había pasado el día anterior me pareció grave, triste y muy sorprendente. No podía creerlo- dice Figueroa.

Ese día, Pinochet entró al edificio de Derecho y subió por la escalera hacia el decanato. María Angélica Figueroa se acercó a las secretarias y bibliotecarias que estaban ahí y les dijo, “viene Pinochet”.

Nadie me creía. Todos corrieron hacia las escaleras y desde el otro lado observamos cómo subió escoltado por unos profesores de Derecho Público. De ahí no supimos más. Lo vimos solamente después, cuando desaparecieron los autos– dice.

Para María Angélica, que empezó a vincularse con la Universidad de Chile a mediados de la década del 50’, cuando entró a estudiar Derecho –para luego incorporarse rápidamente al mundo académico- la visita de Pinochet a la Escuela marcaría un hito en la intervención de la Universidad y también del país: la Chile estaba de pie y poco a poco se comenzaba a levantar el resto del país. Era el principio del final de la dictadura. Casi un año más tarde, sin que muchos se lo esperaran, se realizaría el plebiscito que terminaría con 17 años de botas y fusiles.

 

LIBERTAD DE ACCIÓN

 

La visita de Pinochet a Derecho fue sólo un día en los 17 años de intervención, la que se empezaría a tramar y a sentir en los días al golpe. En 1973 la Casa Central de la Universidad de Chile era punto neurálgico tanto de las protestas como de reuniones para decidir el futuro del país.

-No sabíamos bien que iba a pasar, pero las opciones eran dos: aquí venía un golpe o se iba a producir el plebiscito. Lo que sí estaba claro era que el ambiente se hacía insostenible. El día del golpe llegué a esconderme debajo del escritorio del Rector Boeninger porque estaban disparando desde el Banco del Estado- recuerda Figueroa.

El 11 de septiembre todo se produjo muy rápido. María Angélica no alcanzó ni a llegar a la facultad. Pocos días después del golpe, el Rector citó a los integrantes del Consejo Normativo a una reunión en el Salón de Honor. Figueroa era representante académica en aquella instancia, la cuál sería la última actividad oficial de Edgardo Boeninger al mando de la Chile.

-Fue una reunión muy breve. Boeninger nos dijo que había tenido conversaciones con la gente de la Junta de Gobierno acerca de cuál era el destino de la Universidad. La conclusión de él era que no habían condiciones para persistir como rector, que no las podía aceptar. Y que por lo tanto, dejaba en libertad de acción a los demás.

Figueroa no recuerda aplausos ni otras manifestaciones, sólo un silencio profundo. Después de que el rector se pronunció, todos se pararon y se fueron.

-Recuerdo haber salido y no sé si me lo inventé en mi cabeza, pero que el rector cerró por fuera la Casa Central. Yo no volví a entrar hasta 1990, ya no tenía nada que hacer ahí-dice Figueroa.

La intervención ya estaba anunciada. Rectores y Decanos designados, reducción de presupuesto y amputación de las sedes regionales y del Instituto Pedagógico serían las principales heridas infringidas durante la dictadura militar, que a juicio de Figueroa no terminaron de cicatrizar en democracia.

 

RUMBO EQUIVOCADO

 

En 1990 María Angélica Figueroa volvió a pisar Casa Central. Esta vez traía promesas de cambio. En sus manos estaban los estatutos que permitirían llamar a elecciones y terminar así con años de autoridades designadas y por sobre todo, reconstruir una institución dañada económica y moralmente.

-Toda parecía muy raro, muy ajeno. La Casa Central lucía encerrada, me abrieron la puerta personas uniformadas. No era el mismo lugar que conocía- recuerda.

Tiempo más tarde, los estatutos harían posible la elección de Jaime Lavados, con quien Figueroa trabajaría mano a mano como Directora Jurídica para hacer a un lado los 17 años de agonía que sufrió la casa de Bello.

De todas maneras, el resultado no sería tan optimista como se pensó. El descalabro financiero y los daños ocultos que se fueron encontrando llevaron a las nuevas autoridades del país a discutir qué hacer con la alicaída Educación Superior. En esa línea, las medidas no fueron las óptimas. Es más, sólo “consolidaron un sistema que la dictadura creó y muchas veces consolidar es peor que retroceder”, señala Figueroa.

Y ahora que todo sigue igual ¿No se arrepiente de haber luchado tantos años?

-Desde los 17 años hasta la edad que tengo ahora, no he salido nunca de acá y no me arrepiento. Jaime Eyzaqguirre me dijo: “tenga cuidado, esta opción de vida es una opción difícil, no es para hacerse rico, es para pasar malos ratos”. Yo no creí que iba a pasar tantos como los que tuvimos que pasar. Pero es la vida de la Universidad, hay otras personas a las que les tocan guerras mundiales.

 

*Publicado en El Paracaídas #1

 

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