Violencia política2

¿EL RETORNO DEL MIEDO?

Share Button

Parece ser una relación que comenzó con las primeras movilizaciones estudiantiles, allá por el 2006, pero la realidad es que el esfuerzo de los medios de comunicación chilenos por vincular a los jóvenes –vitales, inestables y proclives al desorden- con la violencia de masas viene desde principios del siglo XIX. Se trata, según expertos, de una “administración mediática del miedo” que busca debilitar la figura de los jóvenes como sujetos políticos activos.

 

Por Felipe Ramírez y Cristian Cabalín

Ilustración: Leo Ríos

 

El 8 de septiembre pasado, el mismo día que estalló un extintor cargado de pólvora en las inmediaciones de un local comercial en la estación de metro Escuela Militar y que dejó 8 heridos, Canal 13 transmitió en su noticiero central un reportaje que buscaba relacionar las organizaciones políticas estudiantiles con los encapuchados y los atentados explosivos.

En la nota, de más de 10 minutos de duración, se mostraron imágenes de enfrentamientos entre carabineros y encapuchados en el campus Juan Gómez Millas. Sus autores fueron identificados como anarquistas “ligados a colectivos secundarios y universitarios del movimiento estudiantil” que se encontrarían “en el ojo de todas las pesquisas” relacionadas con los atentados.

La violencia en las manifestaciones ha sido una constante fuente de polémica entre el movimiento estudiantil, los políticos y los medios de comunicación y en el caso del reportaje de Canal 13 la cosa no fue distinta. Las aseveraciones no cayeron bien entre los estudiantes, ni tampoco entre la mayoría de los mismos entrevistados, quienes criticaron que no fueron informados del cariz del reportaje ni tampoco de la relación con los atentados explosivos.

Uno de ellos, Sebastián Aylwin, actual Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) y militante de  Izquierda Autónoma, asegura que el relato presentado perseguía “deslegitimar a un movimiento social que en su amplia mayoría ha actuado de manera contraria: con capacidad de diálogo e intentando ampliar la democracia” del país.

De igual manera opina Francisco Sainz, quien es Encargado Político del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) en Santiago. El ex Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado explica que, por el contrario, “el movimiento estudiantil se ha organizado y movilizado en su mayor parte de manera pacífica, planteando abiertamente sus demandas y posiciones políticas” ante el Estado.

En ese sentido, recordó que el movimiento estudiantil durante los últimos años ha presentado variados documentos programáticos explicando sus demandas, sus dirigentes han asistido al Congreso a explicar sus reparos ante los proyectos de ley presentados por el gobierno e incluso presentaron diversas indicaciones a los mismos, que fueron descartadas por los parlamentarios.

Aylwin además, destacó que la Confech, el organismo que reúne a las federaciones universitarias del país, “no avala acciones vanguardistas” como las que realizan algunos encapuchados en las manifestaciones, ya que “suplantan la voluntad de quienes forman el movimiento, a quienes no se les pregunta si están de acuerdo con esas acciones”.

Frente a esto, destaca la capacidad del movimiento estudiantil para desarrollar acciones de desobediencia civil ante la represión, lo que constituye “parte de lo que toda sociedad democrática debe incorporar como vía legítima de expresión” siempre y cuando sea una acción de masas, representativa y democrática. En ese marco engloba manifestaciones como las ocurridas el 4 de agosto del 2011, pero también las protestas de Aysén, en Freirina, o los paros realizados por sindicatos de trabajadores portuarios, instancias todas en donde la participación local fue masiva y hubo fuertes enfrentamientos con Carabineros.

Sin embargo, sería sólo en los casos en los que el movimiento estudiantil se ve involucrado en este tipo de incidentes, en que se les achaca a sus dirigentes el hacerse responsables de los mismos. Para el historiador Sergio Grez son precisamente los estudiantes pero también las comunidades mapuche, quienes “han tenido más eco en sus demandas, los que han alcanzado mayor masividad, persistencia y radicalidad en sus planteamientos” en los últimos años, por lo que serían quienes más problemas le significan al Estado.

En ambos casos, la juventud sería un elemento transversal a la hora de identificar a los “responsables” del ejercicio violentista. Sobre todo luego de que desde las movilizaciones secundarias del 2006, los jóvenes se han instalado como un sujeto político activo a la hora de disputar la orientación de políticas públicas.

Fue en esos años que la “revolución pingüina” logró no solamente cambiar –en varias ocasiones- los ministros de Educación, sino que además plantearon disputas políticas como la derogación de la antigua Ley Orgánica Constitucional de Educación, LOCE, y elevaron luego la demanda por educación pública, gratuita y de calidad.

encapuchados _ marcha 01

 

JUVENTUD INESTABLE

Para Óscar Aguilera, académico del Departamento de Estudios Pedagógicos de la U. de Chile y también una de las fuentes del mencionado reportaje de Canal 13, ya desde comienzos del siglo XX se identifican discursos en la prensa que junto a “prácticas disruptivas –como el abuso de drogas o los atentados contra la autoridad- siempre contienen la idea de juventud”.

Esta relación tiene una orientación clara: el joven “es visto como una persona que está en un período vital de inestabilidad, muy proclive a actos disruptivos”, con lo que para Aguilera se reduce el fenómeno de la violencia a un asunto biológico y no social ni político.

Pero la figura del anarquista surge en los medios a la par con los jóvenes. Anarquistas serían los responsables de los atentados en Escuela Militar, y anarquistas serían también los encapuchados que aparecen en todas las manifestaciones. El reportaje del 8 de septiembre emitido por Canal 13 se encargó de unirlos de manera explícita.

Sin embargo, el discurso del joven anarquista como figura emblemática de un supuesto terrorismo local no es nuevo. A finales del siglo XIX, antes incluso de que existieran grupos ácratas organizados en Chile, los medios de comunicación ya atizaban su figura como una amenaza para el orden constituido. El historiador Sergio Grez asegura que este verdadero chivo expiatorio “ha sido utilizado recurrentemente en la historia, combinado con sujetos como los extremistas o los subversivos, quienes encarnaban el mal absoluto, el que se levanta contra el orden establecido y debe ser purgado y eliminado”.

En el fondo, para el candidato a doctor en Historia de la Universidad de Chile, Luis Thielemann, esta representación de la izquierda radical en un joven vestido de negro y supuestamente anarquista “ataca cualquier posibilidad de presión política que no esté en los marcos legales de la Constitución de 1980, que todos sabemos que no son neutrales. Estas operaciones no son más que un intento por arrinconar a cualquier intento de disidencia”.

Este discurso cobra importancia en un contexto marcado por el debate de la reforma educacional, ya que el estudiante movilizado es visto como una amenaza para la institucionalidad. En esa línea se inscribe la representación de la juventud como el riesgo del presente, que también tiene consecuencias políticas pues el miedo “paraliza e instala la desconfianza”, dice Thielemann.

En este sentido, el rol de los medios de comunicación resulta central, debido a la “administración mediática del miedo”, término acuñado por el académico del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, Claudio Salinas. De esta manera, para Salinas la prensa en un sistema concentrado como el chileno “dosifica por entregas periódicas las cuotas de miedo social, incorporando personajes, fuentes, historias y procedimientos, que operan, como en el caso de las bombas recientes, como verdaderos aparatos parajudiciales”.

Según el académico, los medios de comunicación moldean las discusiones públicas, reproduciendo representaciones sobre diversos grupos sociales que son responsabilizados por los conflictos sociales. Así, el miedo “paraliza socialmente hablando, y requiere mitigaciones y certezas que son aportadas por la contingencia y cotidianidad mediática que nombra y ‘explica’ el peligro, como ha ocurrido y ocurrirá cuando la amenaza se rotula con el nombre del anarquismo que, ciertamente, es mucho más complejo y variado –doctrinariamente- que lo que dicen los medios”.

De todas maneras, el fenómeno de la violencia en las manifestaciones es real, aunque pareciera ser mucho menor de lo que se expresa en los medios de comunicación.

Sergio Grez afirma que efectivamente existe una fracción minoritaria de jóvenes que encuentra en la violencia una respuesta que no vislumbra por otros medios, pero “se trata de grupos muy marginales al interior del movimiento estudiantil junto a sujetos que no necesariamente son parte del mismo, en donde es dable suponer que existe un nivel no despreciable de infiltración” debido a las nulas consecuencias de estos actos.

En la misma línea opina Francisco Sáinz, quien sentencia que estas situaciones se deben en buena medida al malestar y la frustración que sienten muchos jóvenes, y que resulta “indispensable canalizar esa rabia y aquellas demandas en forma política, y no en expresiones marginales como estas, para que el movimiento estudiantil salga fortalecido”.

encapuchados _ marcha 02

 

*Publicado en El Paracaídas #3

Share Button