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EDITORIAL: PENSAR SIN MIEDO

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Por Faride Zeran

Muchos se preguntan en qué momento del proceso de transición a la democracia, parte de la izquierda y los partidos de la Concertación cruzaron las barreras de la ética y no sólo aceptaron ser financiados irregularmente por la derecha empresarial, sino también por el mismísimo yerno de Pinochet.

Y se interrogan también sobre cuándo y por qué esa izquierda y la Concertación decidieron que el fin justificaba los medios y, en nombre del realismo en la política, del pragmatismo de las lógicas del poder, hipotecaron sus cargos públicos a los intereses privados mezclando  dinero y política y  traicionando así no solo sus principios sino la confianza de miles de chilenos y chilenas.

O reflexionan acerca de bajo cuáles premisas decidieron olvidar la memoria de sus muertos, de sus miles de torturados, exiliados  y violentados,  ensuciando con su quehacer no solo esos nombres, sino los de sus familiares, muchos de los cuales aún no encuentran ni verdad ni justicia.

¿Habrá sido desde el inicio de la transición, cuando uno a uno cerraron los medios de comunicación independientes, que si bien sobrevivieron a la dictadura, luego sucumbieron en las lógicas políticas emanadas desde los distintos gobiernos de la Concertación?

¿Fue el comienzo del travestismo político -una izquierda  funcional a la derecha-  disimulada bajo  la punta del iceberg de Sevilla, la imponente mole de hielo blanco y frío que nos representó a mediados de los noventa, cuyo correlato era la exaltación de un país blanco, frío, sin raíces ni memoria?

¿O cuando por acción u omisión se mantuvo  la precarización de nuestro sistema de educación, de salud, y toda una estructura de concentración y colusión a nivel político, social y económico que cotidianamente vulneró los derechos sociales y ciudadanos de todo un país?

Hoy Chile vive una crisis de legitimidad institucional, una crisis que se da en medio de las promesas de grandes reformas y transformaciones, ratificadas por la Presidenta de la República, y reiteradas en el gesto rotundo de pedir la renuncia a todo su gabinete.

Paralelamente, sectores más conservadores  –transversales en el espectro político-levantan la voz llamando a la mesura, mientras desde la calle y los movimientos sociales se expresan las  expectativas de cambio largamente acariciadas y exhibidas de manera elocuente en las movilizaciones de los últimos años.

Entre ambos, y en medio de la crisis,  se escurre el miedo.

En una conversación sostenida a inicios del 2000 con Norbert Lechner, ya fallecido, a propósito de su libro “Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política”,  el investigador alemán habló del miedo como un elemento crucial de la política y de la necesidad de reflexionar sostenidamente sobre él,  precisamente  porque suelen llevar sentimientos de irracionalidad:

“Ojo con quienes pretender dar respuestas, porque es grande la tentación de manipular los miedos. Desde las sociedades tradicionales hasta los regímenes totalitarios, desde las iglesias hasta los partidos políticos, nunca han faltados los intentos de apropiarse de las angustias. En el caso chileno en particular existe un miedo ancestral al caos y una obsesión a veces compulsiva por el orden”.

Un ejercicio ineludible del Chile actual es pensar la crisis desde otros lugares, evaluar su profundidad e impacto, revisitar la historia de nuestra joven república e imaginar escenarios que permitan transformar esa crisis en una oportunidad. Oportunidad de ampliar y fortalecer la democracia; de relegitimar las instituciones y promover el diálogo entre una sociedad civil empoderada  e interlocutores política y éticamente válidos.

Es lo que un conjunto de académicos e intelectuales públicos  intentan hacer en estas páginas reflexionando desde la historia, las ciencias políticas, la filosofía o el derecho.

El pensamiento crítico habita en varias moradas, pero más allá del espacio desde donde se habla, el desafío hoy es pensar la crisis sin miedo.

 

*Publicado en El Paracaídas #7

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