Sofia Correa 01

SOFÍA CORREA: “EN CHILE HAY UNA CRISIS PROFUNDA”

Share Button

La autora de Chile en el siglo XX (1990), Historia del siglo XX chileno (2001) y Con las riendas del poder: la derecha chilena en el siglo XX (2005) analiza en esta entrevista los antecedentes y causales del actual descontento ciudadano, los problemas del actual régimen presidencialista, sus aprensiones sobre la idea de una asamblea constituyente y los peligros del populismo.

 

Por Ana Rodríguez S.

Foto: Alejandra Fuenzalida

 

¿Hay o no hay una crisis en Chile?

-Yo creo que hay una crisis profunda que se manifiesta fundamentalmente en una situación que me parece muy grave, que es la falta de confianza ciudadana en las autoridades que la representan. Particularmente y desde hace tiempo en el Congreso Nacional, en los partidos políticos y ahora con esta nueva fase que se suma en la crisis que venía instalándose al Ejecutivo, particularmente a la Presidenta de la República. Y a los ministros y funcionarios que están vinculados al Ejecutivo. Me parece grave porque me parece decisivo que no hay democracia representativa sin partidos políticos y cuando digo no hay democracia representativa quiero decir que no hay democracia. Sin representación canalizada a través de los partidos, porque los partidos recogen anhelos, demandas, visiones, y los procesan en una visión de país. Si no tenemos partidos tenemos las demandas crudas de distintos sectores presionando entre sí o un régimen corporativista en el cual son los grupos de interés los que tienden a ser representados para generar políticas particulares.

 

¿Desde cuándo viene esta crisis? ¿Cuándo se empieza a acumular este descontento?

– Desde hace bastante tiempo, habría que estudiarlo con más precisión el cómo se va decantando el proceso. Pero ya hay voces muy críticas a fines de los noventa, que tienen hablan de la concentración de poder en el Ejecutivo, el tema de la representatividad, el problema de una política que no se hace cargo de la historia, que trata de echar tierra encima de los problemas y que se encapsula. El problema es que se tendió en el inicio de la transición y se fue agravando en el tiempo, a encapsular la toma de decisiones. Eso contribuyó a generar una distancia entre el ciudadano que tiene que estar representado y sus representantes.

 

¿Hay algún momento político, algún episodio de la historia de Chile que se pueda parecer, con el que se puedan comparar?

-Lo que más se mira en este momento es la crisis de principios del siglo XX, hay ciertas similitudes. Nunca una historia se repite ni es cíclica, pero hay fenómenos que iluminan un presente. La crisis de principios de siglo, en los años ’20, a mi juicio es exagerado, en el sentido de que se han tomado las voces críticas como la fuente fundamental y no se han mirado otras dimensiones que son muy importantes. La conciencia histórica actual es que el parlamentarismo produjo una crisis tremenda en el país y que el país salió de esta crisis con el régimen presidencial. Y el problema que tenemos ahora a mi juicio es el presidencialismo, la concentración de poder en el Ejecutivo, que viene de la constitución de 1925 pero que se ha acentuado, y que ha impedido que el Congreso asuma roles más relevantes y por lo tanto los parlamentarios sean figuras clave en la sociedad política chilena. Eso para mí está en el núcleo de la crisis actual. La crisis de representación tiene mucho que ver con una toma de decisiones centrada en el Ejecutivo, cerradamente procesada y con un debilitamiento del Congreso. Lo que debería estar en la discusión actual es el equilibrio de poder.

 

Para salir de este entrampe, entonces, habría que transitar hacia un régimen político distinto.

-A fines de los ochenta, cuando se inició el proceso de transición, incluso antes del plebiscito, ya había una discusión muy interesante entre cientistas políticos e historiadores sobre el régimen de gobierno. Prácticamente todo el espectro de la discusión apuntaba a transitar hacia un régimen menos presidencialista. Incluso se habló de un régimen parlamentario, en el cual tuviésemos un jefe de Estado y un jefe de gobierno.  Una de las formas de enfrentar la crisis es poner un ministro del Interior muy potente; se ha hablado de eso y se han dado nombres. Eso significa que el gobierno queda en manos del ministro del Interior y la Presidenta sería una jefa de Estado. Eso es lo que ella está resistiendo hasta ahora, pero probablemente eso va a suceder. Eso no es tampoco una solución, en el sentido de que en un régimen semi presidencial o semi parlamentario, ese jefe de gobierno tiene que tener una sintonía con las mayorías del Congreso y de la ciudadanía. No puede ser un jefe de gobierno que sea ajeno al Congreso, porque entonces vamos a seguir con concentración de poder en el Ejecutivo pero esta vez con la figura de un ministro del Interior que ni siquiera ha sido electo.

 

CIUDADANÍA Y CORRUPCIÓN

 

Bachelet acaba de anunciar un proceso constituyente para septiembre, con participación ciudadana y cabildos.

-A mí me parece que todo el país está de acuerdo en introducir reformas profundas o hacer una nueva constitución. Dicho eso, a mí me parece que no está claro en el discurso presidencial cómo se va a hacer esa nueva constitución o los cambios radicales a la constitución. Porque si no se hace con el Congreso, estamos en una situación muy crítica. La asamblea constituyente es una propuesta poco responsable a mi juicio en el sentido de que no está claro quiénes constituyen cómo se constituye la asamblea. Si va a ser con representantes electos, que los partidos van a proponer representantes a esta asamblea para elaborar la nueva constitución, es un congreso constituyente. Entonces elijamos un congreso que tenga carácter de constituyente. El congreso tiene la particularidad de que funciona en comisiones que a su vez llaman a una multitud de personas a manifestar sus opiniones. Es el espacio institucional por excelencia para la elaboración de una constitución. Si se hace una asamblea, ¿quiénes van a estar en la asamblea? Si se hace con juntas de vecinos y centros deportivos lo que vamos a tener es nuevamente una manipulación del proceso desde el Ejecutivo. Por lo tanto nos vamos a mover, a destiempo además, a un populismo latinoamericano autoritario. Un autoritarismo populista, o una dictadura populista, que es lo que estamos viendo en varios países de América Latina. Ese escenario no es imposible y es algo que hay que evitar. Yo insisto en la necesidad de concentrar en el Congreso Nacional el proceso constituyente.

 

¿Pero qué pasa cuando gran parte de los integrantes del Congreso están deslegitimados?

-Ese es el problema. En ese sentido es un momento muy inadecuado. Es el momento adecuado en el sentido de que hay un clamor por hacer las transformaciones profundas. Yo estoy pensando en la elección de un congreso constituyente. Eso requiere un proceso de investigar cómo se produjo este proceso de contaminación. No es tanto la contaminación del empresariado con la política, eso ha existido siempre, y de financiamiento de los partidos desde el sector privado; el problema es que se hizo transgrediendo la legislación vigente, haciéndole trampa al fisco. Todo este cuento de las boletas falsas es inconcebible a mi juicio.

 

En algunos casos es cohecho, más que fraude al Fisco.

-Eso no se puede saber, porque eso significaría que se produjo una compra del parlamentario.

 

Estoy pensando en Pablo Wagner, por ejemplo.

-Es más complicado, él es el más complicado, sí. Pero a todos los parlamentarios que sí les dieron recursos para sus campañas, que por esa vía se hayan comprado parlamentarios, habría que ver cómo votó en determinadas circunstancias, cuando se afectaba a esas empresas, etcétera. Pero hacer fraude al Fisco con boletas falsas, ideológicas, yo nunca había oído de ese concepto, jajaja. Tiempo atrás hubo una discusión sobre la elusión y la evasión, cuando se destapó el asunto de los sobresueldos. Yo decía, pero en qué mundo estamos. El ciudadano común y corriente no puede ni evadir ni eludir, porque si es empleado se le descuenta por planilla del sueldo. Este tipo de disquisiciones ha ido enredando, deslegitimando.

 

¿Cómo se puede aprovechar esta oportunidad para restablecer esas confianzas y que vuelva a legitimarse la política?

-Lo interesante del proceso, y lo han dicho varios analistas, es que hay una reacción del mismo mundo político de que esto no es posible. En un país enteramente corrupto la corrupción no se investiga. Aquí hay instituciones que están investigando, hay figuras investigadas que están dispuestas a mostrar todo y que están dispuestos a buscar un esquema en el cual esto no sea ni posible ni necesario.  Eso es sano, yo todavía tengo esperanza en el mundo político civil.

 

¿Por qué hay que evitar el populismo?

-El populismo es riesgoso porque lleva consigo siempre el autoritarismo y la concentración del poder en el Ejecutivo. Eso es peligroso. Las dádivas que el populismo genera no resuelven los problemas fundamentales. Son momentáneas.  El populismo no genera políticas públicas de largo plazo. Y genera siempre un apoyo irracional de masas a una figura carismática. El populismo no es un cuerpo político ciudadano que se hace representar y que exige periódicamente una rendición de cuentas a sus representantes.

 

¿Es Chile un país corrupto?

-Que ha habido corrupción, se ha mostrado la corrupción. Al mostrar, al investigarse, al reconocer que la corrupción es un camino erróneo y que conduce al descalabro, buscar la reparación desde el mismo mundo político, implica que hay salud, que hay esperanza de que ese mundo político pueda recomponerse. A la vez que abre la puerta para una renovación de cuadros.

 

*Publicado en El Paracaídas #7

Share Button