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QUITARLE EL BRAZO A LA JERINGA

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La creciente cifra de la población que decidió prescindir de vacunar a sus hijos se encuentra con una preocupante brecha de inmunización contra enfermedades que se consideraban erradicadas de hospitales y cementerios. Estas son las razones de los detractores antivacunas y de médicos que alertan sobre un curioso perfil de padres jóvenes, educados y escépticos de una medida sanitaria exitosa.

Por: Javier Salas

Fotos: Felipe PoGa

 

Diana Navarrete, artista visual de 32 años, le es fiel a un estilo de vida sustentable que por estos días la tiene de regente en un mercado orgánico del Barrio Lastarria. Diana también es parte de una guardería comunitaria en el Barrio Yungay donde los vecinos se turnan para cuidar a sus propios hijos en un playgroup donde asiste su hijo Amaru. Diana se pasa una mano por el brazo izquierdo y se jacta de no tener la marca de la vacuna BCG contra la tuberculosis, aunque sí las otras. Su hijo de dos años tampoco ha sido vacunado desde que nació por parto natural en la tina de la casa.

-Siempre tuve claro que no lo iba a vacunar. Desde antes del embarazo he estado investigando sobre los efectos de las vacunas, los males que provocan y el manejo que hacen de la población para administrar a los niños remedios que no necesitan. Hay casos graves de autismo y de extrañas secuelas que son particulares para cada vacuna- dice la artista que se ha instruido a través de internet, documentales y pediatras antivacunas, cada vez más cotizados.

La minoría creciente a la que pertenece Diana Navarrete pertenece a una parte de la población que se considera a salvo de enfermedades legendarias de las que apenas han oído hablar a sus abuelos. Actualmente, en Chile hay médicos que nunca se han encontrado en persona con un caso de sarampión en toda su carrera gracias a las políticas chilenas de vacunación que prácticamente han erradicado estos males de la literatura médica. Así, una cuarentena sanitaria por casos de tuberculosis, viruela o rubéola nos llega a través de las vistosas caricaturas de los años ‘50. Por este motivo virólogos y epidemiólogos coinciden en que hoy en día las vacunas son víctimas de su propio éxito sanitario.

Desde que los grupos antivacunas internacionales relacionaron el mercurio presente en las vacunas con degeneraciones neurológicas a fines de los 90, la paranoia se ha hecho perceptible. En el caso de la BCG, el Programa Nacional de Inmunizaciones (PNI) del ministerio de Salud, detectó el 2012 una baja desde el 99,5% en la cobertura de vacunaciones suministradas a la población infantil a un 91,2% respecto al año anterior. Por su parte, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) registró que el alcance de la vacuna tres vírica (sarampión rubéola, parotiditis), caía 2 puntos desde el 2008 a un 90,6% el 2012.

¿Es esto un riesgo relevante para la población? El concepto “inmunidad de rebaño” considera que cuando un grupo está protegido contra una enfermedad es altamente improbable que alguien se contagie, incluso si no estuviera inmunizado. Ante un eventual brote de sarampión en Chile, por ejemplo, la transmisión del virus se interrumpiría quedando protegidos incluso los no vacunados ya que los nuevos casos no tendrían cerca a personas susceptibles a las cuales trasmitir la enfermedad. Sin embargo, este escudo colectivo existe cuando un rango del 92% al 95% de sus miembros está vacunado contra la enfermedad. Es decir, Chile está peligrosamente por debajo de ese umbral.

María Paz Bertoglia, Magíster en Epidemiología y bioestadísticas de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, cree que estas cifras son un riesgo importante. Mientras algunos padres rechazan la vacuna por una decisión personal, otra parte de la ciudadanía está expuesta por otros factores que escapan a su control. “Hay poblaciones que por su edad no pueden recibir las vacunas y otras que presentan reacciones alérgicas a algún componente. También cuando han sido trasplantados con órganos sólidos o tienen comprometido su sistema inmunológico por cualquier motivo son más susceptibles a las enfermedades y dependen de la inmunidad de rebaño para no adquirir enfermedades inmunoprevenibles”, explica.

Más duro es el doctor Luis Avendaño, académico del programa de Virología del Instituto de Ciencias Biomédicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y miembro del Comité Asesor de Vacunas del ministerio de Salud. Su larga experiencia le ha mostrado la piel descamada por acción del sarampión y las lesiones bucales de las manchas de Koplik características de la enfermedad en décadas pasadas, por eso lamenta la influencia de los grupos antivacunas cuando se encuentra en consulta con una pareja que no inmuniza a sus hijos recién nacidos. “Yo creo que tendríamos que mostrarles fotos y estadísticas de cómo morían los niños y adultos por estas enfermedades, de las secuelas que les quedaban y así volver a crear conciencia. La gente simplemente se olvidó de que estas enfermedades existieron, es cierto que ya no nos atacan… pero vendrán otras”, advierte.

A Avendaño le divierte ser invitado a exponer sobre el sarampión, como un arqueólogo que recita viejas leyendas a una audiencia joven extasiada. “Me preguntan: ‘¿Doctor, cuándo fue la última vez que vio un caso de difteria, tétano o parálisis infantil?’, me preguntan: ‘Doctor, ¿cómo era?’. Les digo que eran otros tiempos y que la carrera era lenta, pero exitosa gracias al control de la sociedad. La viruela es el único virus que se ha erradicado de la tierra gracias a la tecnología y esto se logró con una vacuna que hoy en día jamás pasaría un control de calidad”, agrega sobre los terribles efectos secundarios de esas inyecciones.

A continuación, Avendaño pasa el dedo por un gráfico que muestra una curva de mortalidad infantil en picada sobre el eje de las campañas de vacunación. En Chile el último caso fatal del virus de la viruela fue diagnosticado en 1951, dice al pie de la lámina. Contrasta luego esas muestras con las cascadas de muertes que sí provocan enfermedades para las que no hay vacuna como el hantavirus, el VIH-SIDA o el mal de Chagas.

Si bien las campañas han funcionado, nuestra legislación apila una serie de decretos de vacunación obligatoria para enfermedades inmunoprevenibles, dice, pero que termina siendo algo opcional ante la capacidad de la autoridad por fiscalizar a las personas que no se vacunan. La epidemióloga María Paz Bertoglia, agrega a su vez un mea culpa institucional: “Los médicos antivacunas deben ser contados con los dedos de una mano. Pero cuando aparece uno, los medios les dan el espacio que desean porque no hay nada más novedoso que un médico hablando contra las vacunas. Desgraciadamente eso tiene más pantalla que una aburrida vacuna que cumple su trabajo”, se lamenta.

 

EL DEBATE TRAS EL PINCHAZO

En 1998 una influyente investigación del médico británico Andrew Wakefield publicada en la prestigiosa revista médica The Lance concluía un directo vínculo entre la vacuna trivalente -utilizada contra el sarampión, la papera y la rubéola- y el autismo. Como suele ser la exigencia de todo journal, las investigaciones de Wakefield necesitaban ser replicadas por otros colegas antes de dar por sentado sus resultados. En ese proceso, recién 12 años después, se descubrió que los antecedentes del trabajo del médico inglés eran un fraude y que las muestras fueron alteradas para inducir una respuesta con intereses económicos, ya que de probarse la tesis, Wakefield recibiría parte de eventuales indemnizaciones contra las farmacéuticas responsables. El estudio era desmentido y eliminado de la bibliografía médica, Wakefield acusado de violar la ética y despojado de su licencia para ejercer la profesión. Pero mucha agua ya había pasado bajo el puente y el movimiento de rechazo a las vacunas ya era una institución global.

La paradoja que preocupa al doctor Avendaño es que en su mayoría, las personas que deciden no vacunar a sus hijos son personas de estrato social medio alto, con formación universitaria en muchos casos y con buen acceso a la información. “No me lo explico. No es gente ignorante, pero sin embargo siguen esgrimiendo estos mismos estudios que han sido verificados como fraudes”, plantea receloso del doble filo de las redes sociales e internet como soporte del discurso antivacunas.

Amparado por los ecos de esas publicaciones, el corredor de propiedades Enzo Vargas (39) no manda a su hijo Diego al colegio cuando hay vacunación. A él sus padres tampoco lo expusieron a ningún anticuerpo, cuenta. “Yo jamás me he enfermado de nada grave. Hasta donde sé, vacunado o no, te resfrías cada año igual y eso fortalece tus defensas. En cambio meterte antibióticos desde chico sólo logra deprimir tu sistema inmunológico y eso es un negocio redondo para los laboratorios”. Vargas declara seguir por internet las últimas teorías conspirativas de Juan Andrés Salfate y del youtuber Dross a quienes compara con otros “divulgadores científicos” como el mismo Andrew Wakefield, quien sería una víctima de un complot de las farmacéuticas.

-Los doctores también están cambiando su postura ante las vacunas, muchos profundizaron conocimientos sobre el efecto de las vacunas y dejaron de recomendarlas, mientras que otros ni siquiera se interesaron en actualizarse después de la universidad. Yo me quedo con los que advierten sobre el daño de las vacunas o al menos te dejan la libertad de escoger hacerlo- dice sobre disciplinas que se toman con calma zen los programas de vacunación.

La medicina antroposófica es una de ellas. Una corriente de salud complementaria que integra al diagnóstico del cuerpo un enfoque sobre la salud del alma y el espíritu, nació en Suiza a principios del siglo XX, está poco extendida en Chile, pero suma a un gran número de padres en busca de respuestas naturales para la salud de sus hijos y también a médicos de academia interesados en reducir el uso de medicamentos, antibióticos y vacunas.

Hace un siglo, el núcleo europeo más duro de la antroposofía consideraba, junto con su fundador Rudolf Steiner, que las vacunas interferían “con el desarrollo kármico y los ciclos de la reencarnación”. Sin embargo, el discurso se ha moderado y hoy recomienda a los padres informarse sobre los efectos de cada vacuna que adopten para sus hijos sin basarse en el miedo o retrasar las inyecciones lo más posible.

Para el pediatra de la Universidad de Chile José Soto, el alza en el número de pacientes en Chile que deciden no vacunar a sus hijos es evidente. “La mayoría de las familias que atiendo, como médico que realiza una medicina alternativa, tienen serias inquietudes con respecto a las vacunas”. Las razones son varias, dice, pero la principal es la desconfianza con una autoridad que inyecta medicamentos y miedo a través de los medios: “se trata de un público más crítico y empoderado que ya no cree en el discurso de que las vacunas son como vitaminas, que mejoran la inmunidad, y son 100% efectivas y 100% inocuas “, agrega.

El perfil de este paciente, para el doctor Soto, coincide con el descrito por el virólogo Avendaño y la epidemióloga Bertoglia. Se refiere a un grupo transversal de clase media y alta con una actitud crítica a un sistema que manipularía informes sobre epidemias para promover el uso de las vacunas, explica.

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INFORMACIÓN CONTRA INFORMACIÓN

Durante el siglo pasado, Valparaíso logró controlar la pandemia de enfermedades venéreas a través de un peculiar control policial. El biólogo y Premio Nacional de Ciencias Humberto Maturana recuerda a través de los relatos de su madre asistente social que si una persona faltaba a su control de vacunas, un carabinero iba a recordarle discretamente que se lo había saltado.

Pero el factor principal del éxito que erradicó las enfermedades sociales de los puertos de Chile fue algo aún más íntimo que la enfermedad social, una ética del cuidado por los demás, explica el profesor Maturana: “Lo que logró acabar con la epidemia fueron tres cosas: saber de qué se trataba; entender su relación social y contar con la acción adecuada a la mano. Si usted cuenta con estas tres cosas, no puede escaparse a ser socialmente responsable y ético y eso es lo que pasa con las epidemias”, dice acerca de una dimensión colectiva que se ha ido relativizando con el tiempo y la contra información.

El dato objetivo sobre las cifras de inmunización de rebaño, siguen la misma lógica mediática y capitalista que Diana y su hijo Amaru rechazan. “Quienes dicen eso, derriban su propio paradigma de las vacunas porque si ustedes están vacunados no deberían tener miedo. Están diciendo que aunque tengan su vacuna igual pueden contraer la enfermedad. Si tienen la certeza, no deberían vivir esa paranoia. Si no tienes la información adecuada, logran venderte la imagen de la familia sana y feliz que te venden las farmacias”, desafía esta madre vegetariana que no ve noticias por que no tiene televisor y se considera al margen de la influencia de los medios.

El doctor Soto aporta al debate epidemiológico con dos puntos irreconciliables del debate: “el primero es sobre dónde termina el legítimo derecho de las personas de no querer inocularse estos ‘sospechosos productos’ llamados vacunas, frente a una epidemia que suele ser dudosa y otra dimensión ideológica que asegura que todas las vacunas son muy buenas, cuando en la realidad, algunas pueden serlo y otras dejan bastante que desear”, dice.

Una postura intermedia sobre la relevancia de las campañas de vacunación tiene el antropólogo y académico de la Facutad de Ciencias Sociales, Andrés Gómez Seguel, quien recuerda que en una pandemia reciente como la AH1N1, en plena crisis, quedaron bodegas enteras de vacunas sin usar por este debate.

“Respecto a un eventual contagio hay que tomar en cuenta que esos eventos no son solamente biológicos. Están más bien constituidos por tramas muy complejas de sistemas donde el bios, la tecnología y la sociedad se resuelven de manera imbricada”, explica Gómez sobre las posiciones pro y antivacunas a las que define como “una disputa de saberes y no como un retroceso social”. El antropólogo propone recurrir a la información como un capital a la hora de la generar mayor conciencia sobre la inmunización.

“Por sobre todo la apelación a que cualquier cálculo individual de afectación es una medida de riesgo que afectará a otros en el presente o en el futuro. Como enseñan los estudios en ciencia, tecnología y sociedad, la ciencia es profundamente social”, sostiene.

Ante todo, dentro de las acciones de salud pública, las vacunas son consideradas por la Organización Mundial de la Salud como el aporte más efectivo después de la implementación del agua potable. Sin embargo, el camino del convencimiento parece ser más fructífero que uno legal, cree Humberto Maturana: “como medida de protección, las vacunas son uno de los más formidables avances científicos de la humanidad. En ese sentido es fundamental utilizarlas con sabiduría y también respetarlas para contribuir con el bienestar social”, concluye.

En esa misma esfera, para Diana y su hijo Amaru; Enzo y su hijo Diego, vivir sin las vacunas es un ejercicio que supone la máxima libertad del ciudadano. Misma opción que tienen los provacunas, cree la artista visual. “El argumento más eficaz de quienes defienden las vacunas es el miedo, el pánico de que te vas a contagiar, de que puedes morir, etcétera. Creo que si un papá tiene miedo y cree que su miedo se aplaca poniendo una vacuna, está bien. A diferencia de mucha gente, yo no busco evangelizar a nadie, pero sí pienso que esas confianzas deben ejecutarse con toda la información disponible”, recomienda a escépticos y convencidos.

 

*Publicado en El Paracaídas #8

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