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SERGIO GONZÁLEZ: “EN CHILE HEMOS PERDIDO EL ALMA UNIVERSITARIA”

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El académico de la Universidad Arturo Prat, que ha dedicado su vida a la investigación de la vida pampina, al mundo andino y a las relaciones fronterizas entre Chile y sus países vecinos del norte, conversó con El Paracaídas sobre el conflicto por el mar con Bolivia, la preservación del patrimonio de la pampa, del trabajo universitario en regiones, de la reforma educacional y el compromiso que un Premio Nacional debe tener con el país.

 

Por Francisca Palma A.

Fotos: Alejandra Fuenzalida

Un bote con pescadores pintados en un mural en los pasillos de la Escuela N°3 de Iquique es uno de los recuerdos que conserva Sergio González Miranda de su paso por la escuela pública en sus primeros años de vida, cuando la ciudad desde dónde salían los barcos cargados de salitre a principios del siglo XX era la sombra de lo que había sido.

-Yo nací en un Iquique que estaba tratando de salir de la crisis económica que ya se prolongaba por muchísimos años, después del ‘30- dice González.

La escuela, cuyo edificio fue demolido, albergaba a los profesores normalistas que se formaban en la zona y que hacían la práctica profesional con los estudiantes más humildes de la ciudad. “Era una escuela muy buena”, recuerda González, donde compartían hijos de pescadores, ferroviarios, militares y comerciantes.

Cuarenta años más tarde fue ese mismo niño de El Morro, un barrio clásico de la “tierra de campeones”, quien en La Moneda, frente a la Presidenta de la República y el ministro de Educación dijo enfáticamente: “Soy un hombre de provincia que gracias a un premio que recibí del Estado de Chile -que ahora me premia pero ya me premió antes con una escuelita pública con número en mi barrio, con un liceo público y con la Universidad de Chile- ,soy un hijo de la reforma educacional. La educación pública me puso a mí aquí y ahora”.

Sociólogo de la Universidad de Chile, Magíster en Desarrollo Urbano y Regional de la Universidad Católica, Doctor en Estudios Americanos mención Relaciones Internacionales de la Universidad de Santiago de Chile y Doctor en Educación de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, González ha publicado libros como “La llave y el candado. El conflicto entre Perú y Chile por Tacna y Arica (1883 – 1929)” (2008), “Ofrenda a una masacre” (2007), “El dios cautivo. Las Ligas Patrióticas en la chilenización compulsiva de Tarapacá” (2004), y “Hombres y mujeres de la pampa. Tarapacá en el ciclo de expansión del salitre” (2002), entre otras obras.

En su oficina en la Universidad Arturo Prat de Iquique, González conversó con El Paracaídas sobre su filiación con el norte, donde sus habitantes a pesar de las condiciones adversas que ofrece el desierto, aman profundamente su territorio.

-Por eso estoy aquí. No porque encontré un espacio laboral que no pueda encontrar en ninguna otra parte, sino porque quiero estar aquí y poner en relieve a esta región, a todo el norte grande y su gente. Me parece que los que nacimos en regiones tenemos un compromiso, aunque vivamos en otra parte del planeta- asegura.

¿Cómo evalúa el proceso de reforma educacional?

-Alcancé a estar en la universidad que era gratuita. Chile era un país más pobre y teníamos universidad gratuita. Hoy día se supone que es un país más rico y tenemos una universidad pagada, por lo tanto soy un firme partidario de la reforma educacional. Yo le mencioné al señor ministro de Educación cuando me llamó que recordara lo que fue para Chile la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria presentada al Congreso Nacional en 1900. Bloquearon la ley por décadas con argumentos muy parecidos a los que se han escuchado en Chile en estos años: que el Estado no se puede meter en la decisión privada de las familias. ¡Por favor! Los niños chilenos no tenían acceso a la educación.

Y esa ley cambió a este país. Si uno piensa, si esa ley de hubiese promulgado en 1900 y no veinte años después, hubiésemos tenido cuántas generaciones de jóvenes y de niños mejor educados, de profesionales que no tuvimos. Chile hubiese sido un país mejor, pero por razones religiosas, pecuniarias o las que sean, hubo gente que se opuso. Creo que también eso va a ocurrir cuando esta ley ya sea promulgada, nadie se va a imaginar que hubo gente que se opuso.

¿Cómo fue su paso por la universidad pública?

-Yo llegué muy asustado a Santiago y no me fue muy bien el primer año; además eran tiempos difíciles porque fue el año del golpe de Estado. Estudié Sociología y me ofrecieron cambiarme a otra carrera. Estuve a punto de irme a Economía, pero hubo un momento muy especial. Cuando prácticamente no había alumnos ayudantes, me pidieron serlo y eso fortaleció mis confianzas como estudiante. Eso es lo que yo le llamo “un don”, que no es tan importante para el que lo da, sino que para el que lo recibe, quien se lo debe entregar a la generación que viene. He hecho eso con mis alumnos cuando los escojo como ayudantes y los apoyo en su carrera académica, reforzando su confianza. Imagínese usted cuántos alumnos de una universidad de región, alejada como ésta, donde sus indicadores de investigación son bajos, pueden tener la oportunidad de ser ayudantes de un proyecto Fondecyt, por ejemplo. Se le abre una puerta de oportunidad a estos jóvenes que bajo otras circunstancias sus posibilidades serían mucho más bajas porque aquí no abundan los profesores que ganen proyectos. Así se les dice a los jóvenes que sí es posible, que tienen posibilidades de seguir estudiando, de ganar las becas de mayor exigencia y estudiar donde sus sueños indiquen. Creo que abrir la posibilidad es un paso muy importante.

Considerando que el financiamiento basal a las universidades estatales representa menos del diez por ciento de sus recursos totales, ¿cómo repercute esto en el quehacer universitario, particularmente en una universidad estatal de región como la UNAP?

-En una universidad estatal como la UNAP en realidad cubre muchísimo menos que el diez por ciento y eso en parte explica el por qué las universidades estatales de regiones han iniciado procesos muy agresivos de crecimiento y han tenido un comportamiento similar a algunas universidades privadas.

El sistema de retribución del Estado a las universidades estatales o del CRUCH en general por productividad académica y científica, aunque me parece muy importante, creo que eso no es suficiente. Hay que hacer un cambio más profundo: se tiene que repensar a las universidades del Estado nuevamente. Hay que fortalecerlas, pero no solamente en lo financiero. El problema no pasa por más dinero solamente, sino que pasa también por discutir el papel de las universidades del Estado en nuestro país. Espero que la Universidad de Chile lidere eso y no haga una separación entre esta universidad que está en la capital con sus ex sedes que están en regiones, que se vuelvan a mirar y no se miren como rivales.

¿Cómo puede darse eso?

-Hay que empezar a tener una mirada más universitaria, más universal. Creo que lo que hemos perdido ha sido el alma universitaria en Chile. Toda esta gran promoción de universidades privadas con lógicas de mercado también nos ha influido a nosotros y eso ha apuntado a destruir el alma de lo universitario.

La universidad en lo esencial sigue siendo la misma institución donde se desarrollan las artes, las ciencias, las humanidades, las ingenierías, etc., con un propósito, en primerísimo lugar, espiritual, y en segundo lugar, de desarrollo de una región o país. Por tanto, por qué si tenemos claro eso seguimos viendo a la universidad como una unidad de negocio, seguimos viendo a las universidades como un gremio, como una cofradía, como cualquier cosa menos como lo que es.

Esta lógica de la competitividad.

-Hay que rescatar el ethos universitario y empezar a ver cuáles son los valores que lo deben motivar. Me parece que hemos remplazado algunos valores esenciales de la universidad por otros que vienen de fuera y que nos están tomando por asalto. Porque este país es lo que es gracias a la educación y a la educación pública en particular. Si no hubiese sido por la educación pública, tanto a nivel primario, secundario como universitario y técnico, estaríamos realmente en una situación muy diferente, y eso hay que retomarlo.

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LA MEMORIA DEL DESIERTO

El imaginario social que se ha construido respecto al desierto, explica el profesor González, lo define como un lugar vacío e inhóspito. “Hace un tiempo participé de un proyecto donde analizamos lo que se decía en los textos escolares respecto del desierto y uno se encuentra con cosas muy sorprendentes”, dice. Es una visión muy distinta a la que tienen de su territorio los hombres del desierto de Atacama, el más árido del mundo.

“No es lo mismo desierto que pampa” –enfatiza- “porque la pampa es la construcción cultural y social del desierto, por lo tanto la pampa se transformó en un lugar no sólo habitable, sino que además, querible”. Se trata de un mundo urbano en el desierto, locación que tiene una belleza especial, según González, quien ha disfrutado de los amaneceres y atardeceres en ese lugar.

Pero no sólo es un lugar de sociabilidad. Es desde los enclaves de la pampa salitrera donde surgen movilizaciones que han marcado la historia del movimiento social hasta nuestros días.

-Hay un acto de revelación en el desierto en términos de que este espacio supuestamente vacío, que es sólo para personas que están en tránsito, se transforma en un espacio que acoge y desde donde es posible construir un pensamiento. Entonces cómo uno puede explicar que en un espacio tan inhóspito, que es agresivo incluso, hayan surgido movimientos sociales, hayan surgido culturas emancipadoras, como las reivindicaciones obreras- dice González sobre episodios como el del movimiento obrero que tiene como página central la cruenta matanza de la Escuela Santa María de Iquique.

Lo interesante, dice González, es que ese hito dejó de ser sólo un recuerdo a escala local, para transformarse en una memoria nacional. “Y creo que incluso más allá de lo nacional, porque tenemos que destacar que la masacre de la Escuela Santa María también afecta a peruanos, bolivianos, argentinos y a otros, entonces les pertenece a todos”.

Uno de los aspectos más complejos de las relaciones con los países vecinos, con los que estamos vinculados culturalmente y con quienes nos unen episodios como el de la matanza, tiene que ver con la demanda marítima de Bolivia. Usted planteó que una solución debe pasar por una salida sin soberanía al mar, ¿por qué?

-Hay que considerar que estamos en el siglo XXI, y por lo mismo creo que las demandas que surgen a raíz de un litigio que aconteció en el siglo XIX, no tienen que salir de criterios propios del siglo XIX. La solución debiera ser funcional y no necesariamente tiene que ser con una anexión territorial. Me parece inviable porque los territorios no son espacios vacíos, por tanto cuando se anexa un territorio a otro país no se está anexando solo un territorio, se está anexando a sus personas. El territorio está construido social y culturalmente, y por lo tanto cuando se pensó en una franja en el norte de Arica, la pregunta es qué va a suceder con la comunidad de Visviri. No basta con que las personas las trasladen de un lugar a otro, porque ese lugar es su lugar, esos cerros son sus cerros, hay una interpretación simbólica de ese territorio.

Creo que ya no es factible pensar en una fragmentación del territorio, pero sí es factible en cambio aumentar la integración con Bolivia y con todos los países latinoamericanos y esa integración va a resolver este tipo de problemas del siglo XIX. Tenemos que ser más creativos para ir pensando cómo Bolivia puede tener un acceso al mar, por ejemplo, mejorando los ferrocarriles, las carreteras, el acceso de las personas al océano, la posibilidad también de que empresas bolivianas en alianza con empresas chilenas desarrollen actividades en zonas costeras, etcétera.

También dijo que rehabilitar las relaciones diplomáticas pasa por superar las pretensiones de algunos grupos de poder que atochan la fluidez del vínculo.

-Creo que el subdesarrollo boliviano no se explica por el tema de la mediterraneidad. Eso me parece no solo absurdo sino que tendencioso. Hay grupos interesados en mantener vivo ese argumento porque los exculpa de sus responsabilidades respecto del desarrollo de Bolivia.

En el caso de Chile también hay grupos que ensalzan su nacionalismo, que tienen una visión despectiva hacia Bolivia y eso sin duda que les interesa seguir preservándolo. Parece ser que siempre miramos a Bolivia como el vecino que nos incomoda, y Bolivia es un país absolutamente clave. Hay una visión geopolítica errónea en Chile. Entonces para el bienestar de ambos países tienen que estar más integrados.

Otro de los puntos que usted planteó en La Moneda al recibir el Premio Nacional el 2014 tiene que ver con el abandono de los asentamientos mineros y salitreros del norte. ¿Qué pasa con ese tema?

-Me preocupa el tema de la protección al patrimonio tangible, porque el patrimonio intangible tiene otra forma de protegerse, al hacer el registro y de guardar las memorias. Pero en cuanto al patrimonio tangible también tenemos que prever los posibles desastres. Y esto no sólo refiere a las salitreras, sino también a otro tipo de patrimonio. Por ejemplo, el Dakar. Por qué no hay Dakar en Europa, ¿no se han preguntado eso? Es impensado. Pero sí aquí, sí en América, sí en África, porque son considerados territorios vacíos. ¿Los desiertos son vacíos?, ¿no hay nada? ¡Por favor! Los desiertos no sólo están habitados, sino que tienen memoria, en él hay huellas, hay patrimonio.

En el caso de Chuquicamata, prácticamente la mitad del pueblo de está bajo el ripio. ¿Acaso el resto del pueblo también va a quedar así?, ¿esa es la idea? En el caso de las salitreras estamos viendo como hay compañías de yodo que todos los días con sus trabajos y sus piscinas van destruyendo. Y las autoridades lo saben, pero en realidad es bien poco lo que pueden hacer porque lo que aquí manda es el generar trabajo, por eso la pregunta es ¿generar trabajo a cualquier precio? Porque incluso destruir el patrimonio es destruir las posibilidades de una cultura, una industria del turismo.

Tenemos que estar preparados ante la acción humana y por eso hay que normar esto, para eso el Estado tiene que financiar el resguardo de la memoria del país. Porque este país tiene memoria y la tenemos que proteger.

Uno de los puntos principales que gatilló la concentración masiva en la Santa María fueron las reivindicaciones laborales. Hoy nos encontramos ante una reforma sobre esta materia. ¿Cómo ve este escenario?

-Las reformas laborales en Chile han tenido un largo camino pero aun así en algunos aspectos hemos retrocedido. Por ejemplo, la tercerización de las faenas me parece que ha sido un paso atrás; la lógica mercantil en que el mercado se transforma en el gran asignador de todo, incluso de los beneficios laborales, me parece que se llegó a un extremo. Estoy de acuerdo que hay que incentivar la producción y aumentar la productividad, pero esto no puede ser a cualquier precio.

Me parece que esta discusión que hay hoy día es muy importante y espero que tenga resultados a futuros, para las próximas generaciones. Que no sea algo coyuntural porque estamos viviendo en un punto de inflexión. Los historiadores tenemos que estar atentos a lo que se está viviendo ahora, porque en este periodo será donde se van a resolver bien o mal muchas cosas.

Usted se refirió a la educación pública y al resguardo del patrimonio al recibir el Premio Nacional. ¿Qué visión tiene respecto a la figura de este reconocimiento?

-Creo que ha generado cierta polémica hace ya muchos años. Yo entiendo que cuando uno recibe un reconocimiento como este recibe además un mandato que tiene que ver con que uno se pone al servicio de su país. Los premios nacionales deben comprometerse aún más con su país. Me parece fundamental, especialmente pensando en las generaciones futuras.

 

*Publicado en El Paracaídas #8

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