marquez pnud-04

RODRIGO MÁRQUEZ: “LA ELITE ESTÁ TEMEROSA DEL MOMENTO ACTUAL DE POLITIZACIÓN”

Share Button

Los estudios del PNUD siempre han entregado luces sobre los cambios de la sociedad chilena. Ya a mediados de los ‘90, una de sus investigaciones enfatizó la sensación de malestar que se estaba acumulando en el país. Este año, un nuevo trabajo da cuenta de un fenómeno creciente: la politización. En esta entrevista, Márquez, coordinador del Informe de Desarrollo Humano del PUD, explica los alcances de este proceso y el alcance de los movimientos sociales, gracias a los cuales, dice, “las personas han visto que es posible pensar en un país distinto”.

 

Por Cristian Cabalin

Fotos Felipe Poga

 

“Los tiempos de la politización” se titula el reciente informe de Desarrollo Humano en Chile, publicado por el Programa de Naciones Unidades para el Desarrollo, PNUD. En casi 300 páginas, se analiza un nuevo fenómeno social: la disputa entre lo real, lo legítimo y lo posible, en un contexto de descrédito de las vías tradicionales de representación política. El sociólogo Rodrigo Márquez fue el coordinador del estudio, que investigó cualitativa y cuantitativamente los cambios recientes en la subjetividad de los chilenos. Sobre la politización, Márquez explica: “es un proceso donde se discute de manera intensa qué es lo socialmente ‘decidible’. Es decir, todo aquello que puede ser transformado producto de un debate y decisión colectiva”.

 

Muchas veces, politización es visto como un concepto negativo. De hecho, en la discusión sobre políticas públicas, algunos actores dicen “no politicemos la discusión” ¿Cómo emplea el PNUD este concepto?

– Estábamos conscientes de esta connotación negativa, porque se asocia a la política y sabemos que en el sentido común “política” es una mala palabra, casi un garabato. Incluso cuando se usa la expresión politizar, se utiliza para pedir que no se lleve la discusión al plano de la ideología o los intereses. Por ejemplo, recuerdo que una apoderada de un colegio particular subvencionado decía en un diario: “qué lástima que se haya politizado la educación de mi hijo”. Pero desde nuestra perspectiva, es “afortunadamente se politizó”, porque ahora esa madre también es parte de las decisiones sobre lo que va a pasar en el colegio de su hijo.

 

Es decir, un sentido profundamente colectivo asociado a “lo” político y no solamente a “la” política, como dicen en el estudio…

-Totalmente. En un mundo de no politización, los asuntos públicos no son sometidos a la discusión del colectivo y las decisiones se toman entre unos pocos. En virtud de la politización, muchos actores participan de la discusión y, sobre todo, de las resoluciones de ese debate.

 

Una de las críticas a los informes del PNUD es que exageraría sus conclusiones, por ejemplo, en referencia al malestar de los años ‘90, pues para algunos analistas supuestamente no existía. ¿Cómo es posible circunscribir este espacio de politización?

– Esa la interpretación que algunos hacen de un determinado diagnóstico. Las elites han desconocido ese malestar, diciendo que es algo normal en un proceso de modernización, que es un problema de tiempo, que la gente después se acomoda o derechamente que es algo inventado por los medios de comunicación. Yo creo que esa crítica era posible de sostener cuando el malestar era hacia dentro, hoy el malestar está en las calles y es mucho más difícil sostener esa crítica. Y sobre la politización, es muy relevante mostrar que este proceso está en el conjunto de los actores de la sociedad, pero entendiendo que son procesos ambivalentes y heterogéneos. Actualmente, estamos discutiendo temas que hace diez años parecían tabú.

 

¿Cómo podrían contribuir los medios de comunicación a este espacio de deliberación pública?

– No hemos hecho un estudio específico sobre los medios de comunicación, pero tenemos cierta imagen desde las encuestas de la elite. La crítica que existe desde estos actores hacia los medios tiene que ver con la diversidad de las opiniones que aparecen en ellos y con su supuesto rol de exageración de los problemas públicos. En ese sentido, es paradójico, pues depende de la posición que ocupes para sostener que los medios minimizan o maximizan los conflictos sociales. Lo clave es que para la mayoría de la elite, los medios de comunicación generan visiones distorsionadas de la realidad.

 

EL MIEDO DE LA ELITE

 

Parecería que es la elite la más complicada con el proceso de politización…

– La evidencia que tenemos muestra que la elite está temerosa del momento actual de politización. Tiene una mirada de preocupación. Cuando hablamos de elite, nos referimos a la elite de conducción. Es decir, personas que están en posición de toma de decisiones en las más altas esferas del poder político, económico, social y simbólico. Por ejemplo, parlamentarios, dueños de grupos económicos, dirigentes gremiales e intelectuales y académicos. Todos ellos están en la primera línea de la disputa por la hegemonía.

 

¿Y la sensación de temor se extiende en todos estos actores de la elite?

– Está mucho más concentrada en el ámbito económico. Por ejemplo, hay una pregunta en nuestra encuesta donde le pedimos a la elite que se manifieste en acuerdo o en desacuerdo sobre la frase “si acaso en Chile se hicieran cambios profundos podría volverse a una situación de polarización política como la vivida en los años ‘70” y ahí cerca de un 68 por ciento de la elite económica está de acuerdo con este enunciado. Ve un temor de regresar a ese tiempo, que ellos consideran negativo. En cambio, eso es diferente en la elite política y simbólica, que no tiene ese temor tan pronunciado. Pero es la ciudadanía la que está más lejos de esa visión, pues solo el 25 por ciento de las personas comunes y corrientes piensa que hacer cambios profundos podría significar un riesgo social. Entonces, los miedos de la elite no son compartidos por la mayoría de la población y eso hace muy difícil la conducción del país. Conducir desde el miedo no es una buena manera de producir un momento virtuoso para el desarrollo humano.

 

¿Cómo se explica este miedo de la elite y su desconexión con la ciudadanía?

– Se cruzan muchos elementos. Por ejemplo, la conformación de la elite y la desigualdad estructural del país. En estudios anteriores, como el Informe de Desarrollo Humano de 2004, se observaba que las posiciones de toma de decisión son ocupadas por personas del nivel socioeconómico alto, provenientes de los mismos espacios educativos, de los mismos grupos de relaciones primarias. Hay una desigualdad en la forma en como se llenan esos espacios. Esto es relevante desde la perspectiva del desarrollo humano, pues las sociedades necesitan elites diversas.

 

¿Y en el caso chileno tenemos una elite endogámica?

– Claro. Vienen de los mismos colegios, comparten tradiciones y se desconecten de la sociedad. En otros países no es así. Por ejemplo, en Alemania, las posiciones de poder son ocupadas por personas de distintos grupos socioeconómicos. Eso genera una mayor conexión con las demandas y aspiraciones de la ciudadanía.

 

¿Cómo se logra esa elite más diversa? ¿A través de la educación?

– Efectivamente, un elemento tiene que ver con la educación, en el sentido de entregar más herramientas para participar de las discusiones públicas, pero también tiene que ver con cuestiones institucionales y de orden subjetivo-cultural. Por ejemplo, la discriminación que se observa en Chile se relaciona en muchos casos con una diferencia de trato, de respeto a la dignidad de las personas. En definitiva, construir una elite más diversa va desde lo estructural a lo cultural, donde las relaciones sociales valoren también la diversidad.

 

¿Cuál es el rol que juegan los movimientos sociales en la politización y en la diversificación de la elite de conducción?

– Los movimientos sociales tienen un papel central en dos sentidos. Primero, porque los movimientos han presionado a la elite a enfrentarse a discusiones que tal vez sin ellos no se habrían considerado. La politización implica una reconfiguración del poder. Y, segundo, los movimientos han tenido un gran impacto en las personas comunes y corrientes. A través de los movimientos sociales, las personas han visto que es posible pensar en un país distinto.

 

¿Y han entregado nuevos marcos de interpretación, por ejemplo, referente al derecho a la educación?

– A ese nivel, el impacto de los movimientos sociales es mucho más grueso. Las personas no hacen suyo fácilmente el lenguaje y las visiones de un determinado movimiento. Sin embargo, nosotros observamos que los movimientos han logrado penetrar en el imaginario de las personas. Es decir, las personas nos dicen “parece que hay una posibilidad de pensar una sociedad diferente y voy a poner atención a esto, voy a involucrarme de alguna medida, voy a estar atento a estos procesos”. Es como un momento inicial, de entrada a la movilización, pero sin la densidad del discurso de los movimientos sociales.

 

¿Pero, de igual modo, los chilenos están abiertos a los cambios estructurales, profundos?

– Las personas señalan con fuerza que se requieren cambios profundos y están dispuestas a lograr esos cambios y no simplemente a quedarse en una posición defensiva. Sin embargo, es aún una aspiración genérica, pues no es tan evidente el consenso sobre los cambios que sí se quieren ni como lograrlos.

 

*Publicado en El Paracaídas #9

 

Share Button