Oscar Aguilera 01

LA POLITIZACIÓN DE LOS ESTUDIANTES CHILENOS

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Por Oscar Aguilera R.*

 

 

El reciente Informe de Desarrollo Humano 2015 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sostiene que la sociedad chilena ha comenzado a discutir asuntos que no se debatían y que se han redefinido los actores legitimados para dar tal discusión, a la vez que se han impugnado buena parte de los procedimientos que definieron a la política chilena en las últimas décadas. En ese proceso de politización, el actor estudiantil se ha constituido en el más visible y tal vez el que mejor represente lo que dicho informe expone.

Lo que los y las estudiantes han hecho, a lo menos desde el 2006, es progresivamente ir ampliando aquello que se discute e impugna: los procedimientos de resolución del conflicto, así como la misma idea de política que organiza las relaciones, especialidades y temporalidades que desde los movimientos sociales se despliegan como poderosos mensajes al conjunto de la sociedad. Observemos algunas características que presenta el movimiento estudiantil, como forma de comprender la permanente actividad de protesta y movilización que despliegan.

En un plano general, y referido a la construcción del movimiento estudiantil chileno, podemos sostener que estamos en presencia de un proceso político y cultural inédito en la sociedad posdictatorial, que en lo fundamental ha venido instalando y problematizando el ordenamiento simbólico e ideológico del Chile neoliberal. Este proceso impacta en lo fundamental tres dimensiones centrales: la politización de la discusión sobre el sistema educativo, que progresivamente pasa de una reivindicación gremial a una discusión de las bases políticas que constituyen la institucionalidad y que quedan expresadas en la necesidad de recuperar un sistema público de educación. En segundo lugar, cuestiona las bases mismas de la arena política, al impugnar la arquitectura posdictatorial en lo que refiere a la legitimidad de los procedimientos institucionales, instalando a nivel constitucional los temas educativos, los plazos y formas de gestión con que se asegura la construcción del sistema público de educación. Proceso en el que construyen alianzas con el mundo adulto, y aunque no exentos de tensiones, amplios sectores del movimiento estudiantil se involucran en campañas y disputas electorales. Finalmente, y en tercer lugar, el propio instrumento del movimiento estudiantil se ha ido ajustando a la emergencia y dinámica de la acción colectiva juvenil: prueba de ella es la existencia de dos organizaciones nacionales de estudiantes secundarios, la ampliación de la Confederación de Estudiantes Universitarios de Chile (Confech) a sectores que antiguamente no tenían en ella participación, y la emergencia específica de una Mesa Coordinadora de Educación Superior Privada (Mesup).

Este proceso se ha sostenido en un reconocimiento de la diversidad de trayectorias de participación y de actores estudiantiles que se han ido sumando en el tiempo. La noción de militancia ya no es exclusiva de jóvenes que participan en partidos políticos o colectivos, sino que necesariamente se amplia hacia agregaciones juveniles específicas que al calor del ciclo movilizatorio se constituyen con igual exigencia de reconocimiento al interior del movimiento estudiantil que el que puedan tener las agrupaciones tradicionales. Ya no sólo encontramos dirigentes con capitales previos, familiares e individuales, sino quienes constituyen sus capitales políticos al calor del propio movimiento. No hay escuela para el movimiento, el movimiento constituye cada vez más su propia escuela.

En el proceso, aparecen nuevos actores y vocerías que ya no hablan desde los lugares tradicionales ni tienen prerrogativas amplias para decir, negociar y acordar con independencia de las bases estudiantiles. Se impone una vigilancia comunicativa que tiene su principal expresión en el acceso abierto a las reuniones de las distintas organizaciones y el cuidado de la personalización del movimiento. Si esta es la sociedad del espectáculo, cuidemos de no transformarnos en una oferta más del sistema de medios, pareciera ser la reflexión de los militantes y dirigentes del movimiento estudiantil.

Se produce, además, una ampliación de los referentes identitarios a la base del movimiento estudiantil chileno. Adquieren especificidad y reelaboran su particularidad al calor del propio movimiento. Se descubren estudiantes mapuches, estudiantes empobrecidos, se presentan como mujeres, como integrantes de la diversidad sexual. Esa riqueza identitaria, forjada al calor del movimiento, impacta y modifica no sólo sus modos de presentarse ante la sociedad sino que las propias formas organizacionales de las que se dotan para poner en marcha su política estudiantil. El movimiento estudiantil no es único, es múltiple y en él tienen cabida todas las particularidades, pareciera ser el convencimiento.

Se trata, finalmente, de una articulación heterogénea que se articula a partir de la producción de una vida y una sociedad distinta a la ofrecida por el modelo neoliberal. Se trata de una generación sin miedo que le habla al conjunto de la sociedad chilena y le transmite su convencimiento que las cosas pueden ser de otro modo, que la sociedad puede ser distinta. Y que ellos mismos, generacionalmente movilizados, constituyen la mejor metáfora de los cambios de la sociedad en su conjunto.

 

* Profesor Departamento de Estudios Pedagógicos. Autor de “GENERACIONES: Movimientos juveniles, políticas de la identidad y disputas por la visibilidad en el Chile neoliberal” (CLACSO)

*Publicado en El Paracaídas #9

 

 

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