Archivo central-partituras-Restauracion-libros-tematicas-12-162

ARCHIVO CENTRAL ANDRÉS BELLO: UNA HISTORIA EN FRAGMENTOS

Share Button

El 14 de agosto el Archivo Central Andrés Bello cumple 21 años desde que la Biblioteca Central de la Universidad pasara a ser el núcleo patrimonial de la Casa de Bello. El lugar guarda tesoros patrimoniales que, además de sus contenidos, tienen una historia propia que los ha hecho confluir en este lugar que cada vez busca abrirse a la Universidad y al país.

 

Por Francisca Palma A.

Fotos: Alejandra Fuenzalida

 

Cada vez que el reloj marcaba la una de la tarde, los funcionarios de la Biblioteca Central de la Universidad de Chile esperaban la llegada de Alamiro de Ávila Martell, su director.

“Salíamos y lo esperábamos en la portería; lo saludábamos y no había comentario”, recuerda Ramón Díaz, actual funcionario del Museo de Arte Contemporáneo que por 32 años trabajó en Arturo Prat 23.

Alamiro de Ávila Martell fue director de la Biblioteca Central por un cuarto de siglo, hasta su muerte en 1990. “Llegaba y se iba directo a su oficina, donde fumaba mucho. Era una persona muy erudita que no le gustaba ser molestado”, dice la funcionaria Marta Parejo sobre el hermético bibliófilo. Un retrato en blanco y negro del antaño director, en que posa sentado en un sitial con una actitud contemplativa, descansa sobre uno de los muebles de la oficina de la dirección de este espacio patrimonial que el 14 de agosto de 1994 pasó de ser la Biblioteca Central a convertirse en el Archivo Central Andrés Bello (AB).

Esa misma silla de madera lacada de dorado y tapizada con terciopelo morado sigue amoblando hoy la oficina de la actual directora del Archivo, Alejandra Araya. El sitial está junto a los 1.026 volúmenes de la Colección Americana, libros declarados Monumento Histórico el año 2009, junto a la Colección Neruda y la Colección Manuscritos.

En esa sala hay una mesa que perteneció a la educadora Irma Salas y una estatuilla de treinta centímetros de Andrés Bello, estructura que correspondería al boceto original del monumento al primer rector de la Universidad de Chile, situado en el frontis de la Casa Central. La fragmentada composición de piezas con historia es una de las características del Archivo Central Andrés Bello.

“El archivo es la reunión de muchos tiempos y lugares en un mismo espacio”, explica Araya respecto a la conformación de lo que actualmente es y posee el Archivo, material cuyo valor radica, además de los contenidos y temas, en la historia que los hizo confluir en el torreón que los alberga. Una de estas matrices históricas se remonta a 1883, cuando la joven Universidad llevaba sólo 41 años de funcionamiento.

En la esquina de Alameda con Arturo Prat, donde actualmente está la estatua de los hermanos Amunategui, la capilla del convento de los franciscanos se transformó en la biblioteca del Instituto Nacional y de la Universidad de Chile.

Pero esa primera historia se vio interrumpida en 1929, 45 años después de su apertura, cuando el entonces ministro de Educación Pablo Ramírez acogió la idea de hacer una piscina universitaria. El fatídico día de la demolición de la biblioteca, los profesores rescataron algunos libros, entre ellos la Colección Americana. El episodio fue “el primer crimen cultural del siglo XX”, dice Araya.

Todos esos textos que albergaba la biblioteca, además de algunos mobiliarios, se disgregaron. Curiosamente, ese mismo año se fundó la DIBAM.

Archivo central-partituras-Restauracion-libros-tematicas (4)

RESERVORIO PATRIMONIAL DE LA HISTORIA

En constante configuración, la Biblioteca Central llegó a tener cerca de 40 funcionarios en ejercicio. “Desde que llegué en 1979 atendí mucho público en la sala de lectura”, cuenta Marta Parejo. En esos años el lugar tenía mucho movimiento: las puertas estaban abiertas para que los usuarios llegaran incluso en micro por calle Arturo Prat.

Cristian Castro llegó al Taller de Encuadernación, alojado en el subterráneo, a comienzos de los ‘90. “En ese tiempo llegaban trabajos de las facultades, de la prorrectoría y de la rectoría, además de trabajos para la Biblioteca y Archivo Nacional, el Congreso, la fundación Andes y la Fundación Neruda”, recuerda. En esa época más de diez personas trabajaban en ese taller.

A su llegada, la biblioteca distaba mucho de lo que había sido. Tras la repentina muerte de Alamiro de Ávila, Humberto Giannini llegó a dirigir Arturo Prat 23. “Era una persona muy agradable. Siempre llegaba a que organizáramos encuentros, entre ellos el día del encuadernador”, cuenta Castro. Ramón Díaz evoca las dos fiestas patrias que pasaron bajo la dirección del Premio Nacional, donde llenaron el taller de volantines confeccionados por ellos mismos, que fueron sólo las de 1990 y 1991 porque, como cuenta Dario Oses, subdirector en ese momento, “Humberto renunció porque lo abrumaba el trabajo administrativo”.

Entonces Darío Oses llegó a encabezar la biblioteca, pero no desde el despacho donde actualmente está el retrato de Alamiro, sino en una oficina más pequeña al interior del laberíntico reservorio.

Pero los contrapuntos al estilo de la dirección Ávila continuaron. “Una de las cosas que fue traumática para el personal fue empezar a hacer el catálogo informático de acuerdo a las normas del SISIB”, recuerda Oses tras la oposición que había sostenido Alamiro, quien “incluso decía que la biblioteca del Congreso en Washington, después de trabajar un tiempo con la informática, habían vuelto a las fichas”.

“Se negaba incluso a que hiciéramos cursos de computación. Cuando vinieron a inventariar él no quiso nada de eso, quería dejar todo a la antigua. Sus fichas de los libros eran sagradas”, agrega Marta Parejo.

La entrada del mundo digital, la jerarquización de las colecciones y el encaminarse a la conservación, fueron los ejes de esos años. Se seleccionó el material de valor patrimonial para derivarlo a colecciones especiales y gran cantidad se mandó a las facultades. Marta Parejo y sus colegas hicieron compilados de la revista Anales que se disgregaron por todo Santiago a las ya atomizadas unidades académicas: una nueva historia de fragmentos.

En vista de estas emergentes necesidades ,desde la biblioteca se conformó el Archivo Central Andrés Bello. Fernando Lolas, vicerrector de Asuntos Estudiantiles y Económicos en esos años, cuenta que “al llamarlo archivo quisimos que éste dejara de tener el papel sólo de repositorio para convertirla en un reservorio patrimonial de la historia, que no es sólo de la Universidad, sino de la nación”. El 14 de agosto de 1994 y por el decreto exento N°004887 que el AB comienza su nueva etapa, incluyendo bajo su custodia el Archivo Fotográfico –que estaba en unas oficinas en Providencia- y al Taller de Encuadernación.

Ocho años después, con el cambio de autoridades, el profesor Manuel Dannemann llegó al Archivo. Extremadamente puntual, como cuentan los funcionarios, el académico es recordado también por encabezar un buen ambiente de trabajo.

Una de las principales acciones de su gestión fue la adecuación de la sala de lectura como un pequeño auditorio para encuentros y sala de exhibición y la apertura de una sala especial para la exhibición de las caracolas de Neruda, muestra que está disponible permanentemente en el cuarto piso. “Lo formamos pensando en un público más general. Instalamos algunas vitrinas, hicimos buenas tarjetas informativas y logramos que la sala estuviera destinada a un uso más amplio”, cuenta Dannemann.

Alejandra Araya, directora del Archivo Central Andrés Bello

Alejandra Araya, directora del Archivo Central Andrés Bello

PATRIMONIO AL MANDO DE MUJERES

Hasta ahí toda la historia de la biblioteca y del Archivo Central Andrés Bello había estado encabezada por hombres. El año 2007, cuando Víctor Pérez llevaba un año en la rectoría, impulsó “una política de apertura al aporte de las mujeres dentro de la universidad y específicamente en cargos directivos”, cuenta Sonia Montecino, quien dentro de ese lineamiento comenzó una nueva etapa del Archivo al tomar su dirección.

“Muy poca gente conocía lo que allí se guardaba y solo los especialistas en algunas materias lo consultaban”, recuerda. Por esto, Montecino convocó a la historiadora Alejandra Araya y al restaurador Richard Solis, entre otros, a hacer un diagnóstico del Archivo. “Cuando vine no pude dormir en una semana”, cuenta bromeando la actual directora respecto a como fue enfrentarse a todos los “tesoros” disponibles en el lugar: los manuscritos de Los Sonetos de la Muerte de Gabriela Mistral, los primeros impresos chilenos, los grabados de Rugendas y muchos más.

“La evaluación que se hizo daba cuenta de un cierto olvido institucional y de una falta de conocimiento sobre la relevancia de este espacio como una cara visible de la Universidad y como un aporte de calidad a la cultura del país”, dice Sonia Montecino. Por ello, una de las primeras acciones fue contratar a profesionales jóvenes “que conocieran las nuevas tendencias en conservación patrimonial, modernizar la gestión y maximizar los pocos que recursos con que se contaba”.

En ese proceso el Taller de Encuadernación pasó a ser parte del nuevo Laboratorio de Conservación – Restauración. Richard Solis, hoy subdirector del Archivo, recuerda que posterior al balance “lo primero que hicimos fue un convenio con el Postítulo de restauración de la Facultad de Artes. El primer mes estuve solo y al segundo ya había veinte estudiantes”.

Gracias a un programa de pasantías, el Archivo Central Andrés Bello se ha convertido en un espacio académico y pedagógico al que llegan estudiantes de todas las áreas de la Universidad. “Este lugar se ha convertido en una escuela del patrimonio porque lo que algunos pasantes han aprendido acá, lo han replicado en otros lugares”, dice Solis.

Durante la gestión de Montecino se conformó la Red Patrimonial de la Universidad, “en un intento por coordinar y reunir a los dispersos núcleos patrimoniales y proponer su desarrollo institucional”, como explica la Premio Nacional. Y es justamente esta una de las deudas de la Casa de Bello con su propia historia, ya que aún no se oficializa una política que rija este tema.

El 2010 el Archivo pasó administrativamente de la Rectoría a la Vicerrectoría de Extensión, hoy Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones. Alejandra Araya recuerda que “el lugar era muy poco conocido por la comunidad, por lo que el principal desafío ha sido abrirlo” y poner a disposición física y/o digitalmente los más de 152 mil ítems que salvaguarda el Archivo.

Araya asumió la dirección del acervo cuando Montecino pasó a presidir la VEX: una nueva mujer a la cabeza. “En este momento estamos trabajando con planificaciones anuales a partir de la investigación que se realiza internamente. Es ahí que se identifican temas emergentes o urgentes”, materiales que emergen de “la caja de pandora” que sigue siendo el Archivo.

ARCHIVO CENTRAL 21

Esta misma historia que quiere ser reconstituida por el equipo del Archivo, que desde hace más de cinco años realiza una investigación que pueda hilvanar en un relato todas las piezas de este puzle en constante exploración y movimiento.

Otros de los nuevos proyectos del equipo es la Colección Domingo Edwards, una donación de este bibliófilo conseguida por la mediación de Alamiro de Ávila, donde confluyen, entre otros documentos, los bandos de José Miguel Carrera, la producción de las primeras poetizas chilenas y los textos realizados con la primera imprenta que llegó a Chile en 1812. Además, el equipo está organizando una investigación sobre a los archivos de la Dirección Jurídica de los sumarios administrativos de la dictadura.

En el Taller de Conservación el equipo estable y los pasantes revisan y preparan el material que será exhibido en la sala patrimonial que espera recibir una importante parte del Archivo en sus vitrinas. Este espacio estará disponible este segundo semestre en el ala que da al patio Andrés Bello de la Casa Central. Es así como el acervo del Archivo comenzará a regarse por la casona amarilla de la Alameda, a disposición de quienes quieran visitarlo.

“El patrimonio no es un bello texto guardado en cajas muy bien conservadas, sino la expresión viviente de una idea, de una época leída desde el hoy. Se cuida lo que se quiere y se quiere lo que se conoce, por eso es crucial que el valor del Archivo circule y sea apropiado por la comunidad”, dice Sonia Montecino. Su discurso está en sintonía con el de Marta Parejo, quien ha visto pasar diferentes generaciones por las dependencias de Arturo Prat. “Espero que los que vengan vean que parte de la historia del país está aquí, que es nuestra historia y hay que cuidarla”.

 

*Publicado en El Paracaídas #10

 

Share Button