Revista Fechorias de la FECH-federici

EL DÍA QUE LA CHILE LE DOBLÓ LA MANO A PINOCHET

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La llegada de José Luis Federici a la rectoría fue uno de los episodios más complejos que la Universidad enfrentó en dictadura, que llevó a la unión de la comunidad universitaria en oposición y reimpulsó la movilización nacional ad portas del plebiscito de 1988.

Por Francisca Palma A.

Ilustración: Revista Fechorías de la Fech y Revista Realidad Universitaria, año I, N°4, diciembre de 1987 / Fotos: Gentileza Archivo FECh

Septiembre de 1987. Las banderas tricolores ya se asomaban en la capital. Un día antes de las fiestas patrias, los integrantes de la Asociación de Académicos de la Universidad de Chile fueron a celebrar en una parrillada de la calle San Diego, y no precisamente por el 18: ese mismo día habían sido exonerados 35 profesores, particularmente aquellos que lideraban las intensas movilizaciones que se incrementaron desde el 24 de agosto, día en el que José Luis Federici, el primer rector delegado civil, llegaba sin bota ni jineta a la Casa Central.

Fue a partir de esas últimas exoneraciones, ese último gesto represivo que “la Universidad entera se dio cuenta de que esto era el golpe de gracia para la Chile y eso, en vez de generar una situación de temor en el resto de la gente, provocó la reacción absolutamente inversa. La sensación que tuvimos era que este iba a ser el detonante final y si le ganábamos a Federici, le ganábamos a Pinochet”, recuerda la profesora Teresa Boj. Con este episodio, académicos que no habían participado se plegaron al movimiento llamado “el paro de Federici”, que comenzó sólo cinco días después de que el rector llegara a la U.

Nadie sabía quien llegaba a la rectoría tras la salida de Roberto Soto Mackenney, hasta que se publicó por la prensa: Federici, decano subrogante la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, había recibido un nuevo llamado de Pinochet, esta vez para desembarcar desde Diagonal Paraguay 257 a Alameda 1058. “Los estudiantes de Economía nos indicaron que era un señor que no tenía una trayectoria académica, que había tenido un paso por Ferrocarriles, donde le había tocado implantar una política de racionalización de recursos muy drástica, por lo que la interpretación era que venía a hacer exactamente lo mismo. Eso fue lo que nos alertó”, recuerda Germán Quintana, presidente de la FECh en 1987.

Y esa alerta produjo un movimiento universitario: estudiantes, académicos y funcionarios con sus demandas, más los decanos presionando por la normalidad académica, gestaron una unión ante una figura que “a pesar de ser un civil, fue mucho más duro que el rector que se iba. Por eso se dio un espacio donde todo el mundo encontró que era el minuto de dar un paso más decidido por defender la Universidad de Chile”, comenta el ex líder de la FECh.

Tras las consecuencias del paro nacional de septiembre de 1986, cuando a Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas fueron quemados, “el país estaba plano, no había movilización social”, recuerda Patricio Basso, entonces presidente de la Asociación de Académicos.

-El año ‘87 nadie creía mucho en las organizaciones democráticas, no en el sentido de lo que decían, sino de si eran capaces de articular un movimiento social y de recuperación democrática. Lo de Federici nos ayudó; gracias a toda la acción social en su contra se reactivó no solamente el movimiento estudiantil, sino que el social, lo que nos hizo llegar en mejor pie al plebiscito- asegura Quintana.

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A QUEMARROPA

Las manifestaciones organizadas durante el periodo fueron duramente reprimidas. Jorge Baeza, funcionario de Casa Central, cuenta que en una de esas jornadas el profesor Basso fue alcanzado por el chorro del guanaco, una imagen que Federici contempló riéndose desde una de las ventanas semicirculares ubicadas en las escaleras principales.

Lo inesperado vino el 24 de septiembre, cuando la comunidad universitaria estaba en una de las movilizaciones más grandes del “paro de Federici”. Los estudiantes partieron marchando desde el campus Andrés Bello cerca de las seis de la tarde. Los académicos se reunieron en Beauchef para salir en una caravana de autos por la Alameda. Fue un carnaval con challa y pitos que duró poco.

Al poco andar los académicos fueron detenidos por carabineros frente a la Biblioteca Nacional. Alguien llegó corriendo a avisarle a Basso que habían baleado a una estudiante frente al Teatro Municipal: minutos antes, la pianista y estudiante de la Facultad de Artes María Paz Santibáñez, de 19 años, había recibido en la cabeza un disparo de un policía de tránsito.

Impactados, los manifestantes se acercaron a “Pachi”. Otros fueron tras el carabinero que había disparado y que se resguardó el interior del Teatro. Quienes soportaron los gases lacrimógenos y permanecieron con Santibáñez recuerdan que tiritaba mientras se le amorataba el costado derecho de la cabeza, donde recibió el impacto. Uno de ellos le sacó de la boca el chicle que estaba masticando antes de que la subieran al taxi que la llevó al Instituto de Neurocirugía, donde trabajaba el doctor Jaime Lavados, vicepresidente de la Asociación de Académicos. Algunos estudiantes irrumpieron en el Teatro Municipal. Otros partieron a Casa Central; enardecidos, lograron entrar.

“De alguna manera nos sentimos responsables de haber hecho esa manifestación que terminó en eso. En ese momento estábamos convencidos de que la habían matado, afortunadamente no fue así”, recuerda el profesor Íñigo Díaz, secretario de la Asociación, quien junto a los demás académicos estuvieron hasta pasada la medianoche del día 25, cuando terminó la operación.

El material audiovisual que evidenció la secuencia en que el policía dispara a Santibáñez tranquilizó la relación entre académicos y decanos. El video, recuerda Quintana, “muestra que nadie estaba agrediendo a ese policía, que disparó porque disparó. Ahí se dan cuenta que nuestro movimiento se correspondía con lo que ellos estaban pidiendo. Eso solidificó mucho más la confianza para abordar las semanas restantes de Federici y lograr que fuera destituido”, narra Quintana.

El problema pasó de ser un tema institucional a uno de interés nacional. La recién electa Miss Universo, Cecilia Bolocco, recomendó a los jóvenes de la patria “preocuparse de estudiar, porque para eso se va a la universidad”.

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ARRIVEDERCI, FEDERICI

El tema ya se había complicado para Pinochet, no sólo por el baleo a la estudiante: el paro continuaba sin que hubiese terminado el primer semestre en el principal plantel del país. Sesiones especiales de la Junta de Gobierno y la reunión del vocero de los decanos, el director del INTA Fernando Mönckeberg, con el general Humberto Gordon y José Toribio Medina, dejaron a Federici en el limbo.

24 días después del balazo, el 18 de octubre, Pachi volvía a tocar el piano. Hasta la calle Volcán Llaima de Las Condes llegó un grupo de estudiantes con un lienzo que decía “Arrivederci, Federici”, y al poco rato se retiraron. Federici sólo se asomó a ver si su auto estaba bien y entró a su casa como si nada pasara.

Pero estaba pasando de todo. El 21 de octubre, Federici entró a La Moneda para rendir cuentas a Pinochet. Ahí relató un sesgado informe al dictador y a sus ministros del Interior y de Educación, quien suspendió un viaje a Europa al enterarse de la crisis. Federici salió confiado y declaró que seguiría  “tomando las medidas que ayuden a la normalización de la U”, entre ellas aplicar el Plan de Desarrollo Universitario, que implicaba, según Íñigo Díaz, “la reducción de personal, venta de bienes, cierre de carreras y algunas otras menudencias más. Traté de obtener el documento pero no lo obtuve. No tengo por qué dudar que existiera el plan, pero debe haber sido una cosa de enunciados generales”.

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Federici continuó ahogando a los académicos, planteando que no pagaría los sueldos a aquellos movilizados –para esa fecha, casi todas las facultades, excepto Ciencias Económicas y Administrativas. La prensa, recuerda Díaz, alertaron a los académicos que “algo raro estaba pasando”.

El 23 de octubre, un grupo desconocido instaló un artefacto explosivo en la casa de Federici, que fue oportunamente desactivado por la CNI y Carabineros a las 8:07 de la mañana, un minuto y 25 segundos antes de que ese día se escribiera otra historia.

Una carta entregada a Pinochet y firmada por la Junta Directiva de la Universidad -integrada por nueve personas, entre ellos tres designados por el mismo dictador- alertaba: la permanencia de Federici era insostenible. La designación de Mario Hübner como decano de Derecho detonó una firme reacción de los estudiantes, que subieron al segundo piso, sacaron los muebles del decano y rayaron con consignas.

Al día siguiente al mediodía, Pinochet llegó a la Facultad de Derecho. Acompañado de su edecán naval, recorrió los pasillos de la unidad, que ese día amaneció cerrada y con custodia policial. A pesar de que a esas alturas los rumores hacían eco en toda la Universidad, solo Pinochet tenía la última palabra.

Pero los estudiantes estaban pensando en dar un golpe más firme: tomarse la Casa Central. “Era el paso final porque ya veíamos que esta cosa no se resolvía. Habíamos probado todo tipo de movilizaciones, y ya todo el mundo sentía que así como había ocurrido el ‘86, luego de ese paro nacional, nada era suficiente para doblegar al poder de Pinochet”, recuerda Quintana.

Esa misma tarde se reunieron en Beauchef 850, con lienzos, candados, cadenas y el ánimo bravo a pesar de las consecuencias que, sabían, podía tener este nuevo paso. A las ocho de la noche, cuando ya le quedaban pocas horas a Federici y los jóvenes ya estaban acantonados, sonó el teléfono del centro de estudiantes de Ingeniería. Era Patricio Basso avisando que los rumores ya eran muy fuertes, que la caída era inminente. “Como no hay pruebas, mañana nos tomamos la Casa Central”, respondió al otro lado de la línea el presidente de la FECh. “A las seis y media de la mañana vamos a estar todos encadenados ahí”.

Alertado, Basso se reunió con Mönckeberg, -que a esas alturas ya cargaba un sumario ordenado por Federici- quien le ratificó que sabía de boca de alguien de la Junta Directiva que Pinochet ya había tomado la decisión, por lo que los decanos ya estaban dispuestos a bajar la movilización. “Mantendremos la toma hasta que no tengamos algo concreto”, respondió Quintana.

Mönckeberg se preocupó: sabía las consecuencias que podría tener la osada acción de los estudiantes. Llegó junto a Basso a Beauchef “convencido de que nos íbamos a la toma, cosa que ya habíamos decidido no hacer”. Mönckeberg recorrió el lugar, algo que logró mantener en pie la negociación: los decanos seguirían movilizados.

“Entendí perfectamente la decisión de don Augusto”, diría Federici en una entrevista a El Mercurio del 2008, sobre la noticia que le fue comunicada las 11:50 del 29 de octubre de 1987 por el ministro de Educación, José Antonio Guzmán. Pronto esta información comenzaría a correr por los medios de comunicación y por la U. “Ya no hay solución para el conflicto”, diría Pinochet al salir de la celebración del aniversario 14 de CEMA Chile.

A las 12:00, Federici abandonó definitivamente la Casa Central. Salió en auto por las puertas traseras y se fue a sus oficinas privadas en calle Valentín Letelier, muy cerca del ministerio de Educación. Minutos antes había hecho entrega de su cargo al prorrector Marino Pizarro, saltándose la ceremonia de entrega programada para esa tarde. Algunos funcionarios les gritaban irónicamente a los periodistas “estamos muy tristes”. Los estudiantes comenzaban a llegar al frontis del edificio amarillo.  “Lo botamos, lo botamos”, “Federici ya se fue, que se vaya Pinochet”, gritaban y se encaramaban en la estatua de Andrés Bello. Los carabineros llegaron a disolver.

En otro punto de la capital, la Orquesta Sinfónica, dirigida por Francisco Retting, ensayaba una sinfonía de Malher con el coro de niños del Santiago College. Cuando supieron la noticia, Retting movió la batuta y comenzó a sonar el himno de la Universidad.

Los decanos, que también pusieron sus cargos a disposición, a excepción del de Economía, celebraron con un cognac Quinta Normal elaborado por Facultad de Ciencias Agrarias y Pecuarias. El brindis se repitió en las diferentes facultades. En Pio Nono, los estudiantes de derecho bailaron cumbias e hicieron trencitos que cortaron la calle por minutos.

“Cuando supimos la noticia, conversamos con Mönckeberg y nos fuimos al INTA. Fue muy emocionante, en la entrada estaba todo mundo parado esperando”, rememora Díaz. “Fue una alegría que salimos a gritar como trastornados. El pensamiento general de casi todos fue que si logramos este triunfo, derrotar la dictadura estaba ad portas”, agrega Boj. “Fue la primera y única vez que se le dobló la mano a Pinochet”, comenta Basso sobre este histórico episodio.

“Fue una victoria de un movimiento de la Universidad de Chile en su defensa, que lograba por primera vez en todos los años de dictadura doblarle la mano a Pinochet”, analiza el ex presidente de la FECh.

Cinco horas después del inicio de las celebraciones asumió el nuevo rector de la Universidad de Chile: el filósofo Juan de Dios Vial, hasta entonces decano de la Facultad de Filosofía de la PUC, quien recibió el cargo en una ceremonia cerrada en que se leyó la carta de renuncia de Federici, fechada el 26 de octubre. Luego el ministro de la cartera firmó el decreto. Terminada la ceremonia, el rector Vial hizo entrar a los periodistas a su despacho para, escuetamente, pedir la normalización y que la Chile volviera a las clases.

“Fue una alegría que nos duró muy poco”, recuerda Íñigo Díaz sobre el primer acercamiento al nuevo rector. “Fuimos a decirle que íbamos a bajar el paro, pero que esperábamos que no hubiera represalia de ninguna especie”, narra Patricio Basso, quien recibió como respuesta un condicionamiento: “depende como se porten”. Vial tenía en su gaveta las tomas de razón de los despidos de los exonerados. “Basta que yo les dé curso y están despedidos”, recuerda Basso, quien se salió de madres ante la nueva autoridad. Para los estudiantes, como recuerda Quintana, la cosa terminó mejor al mantenerse en paro: amarraron gran parte de los puntos de cierre del conflicto, por el que finalmente, luego de 72 días, la Universidad de Chile volvió a las aulas.

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*Publicado en El Paracaídas #11

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