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EL TREN DE LA SALUD: UN VIAJE POR LA MEDICINA SOCIAL DE LA UNIDAD POPULAR

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Dos locomotoras, quince carros. Atención dental, oftalmológica, laboratorio, farmacia, medicina general y pediátrica. El Tren de la Salud realizó tres viajes al sur de Chile que se extendieron por varios meses entre los años 1971 y 1973, para llevar la atención de salud médica y odontológica a algunos de los rincones más pobres y abandonados del país.

Por Francisca Siebert

Fotos: Juan Carlos Gómez

Una noche, los odontólogos Haydée Alarcón y Marcio Isamit aparecieron en la casa del neurocirujano Juan Carlos Gómez.

-Yo nunca los había visto antes. Me dijeron, “señor, usted tiene que subirse a un tren”- recuerda.

Después de esa conversación, Gómez, funcionario del Instituto de Neurología, terminó convertido en el jefe médico del primer tren que se echó a andar en febrero de 1971. Planificó el viaje en que se embarcarían médicos, odontólogos, enfermeras, personal paramédico, además de estudiantes de medicina y odontología de los últimos años reclutados en la Universidad de Chile y Universidad de Concepción, y una intérprete mapuche que los ayudaría a comunicarse con las comunidades más aisladas que fueran encontrando.

Aunque quien dirigía el tren era Alarcón, quienes partieron en ese primer viaje recuerdan al Dr. Gómez como un activador del ánimo dentro y fuera del tren. Despertaba a la gente en la mañana tocando su violín, aplaudiendo muy temprano para que todo el mundo estuviera con su delantal puesto atendiendo y cuando llegaban a los pueblos salía por las calles, megáfono en mano, convocando a la gente a asistir a las charlas de educación que ofrecían los profesionales del tren en colegios, gimnasios locales o incluso en un vagón adaptado con butacas y telón donde se pasaban videos sobre alcoholismo, nutrición infantil e higiene.

Isla Huapi, Lago Budi, Chol Chol, Capitán Pastene, Cunco, Melipeuco, Lonquimai, Ranquil, Nahuelbuta, Contulmo, Los Sauces, Los Álamos y Alaska fueron solo algunos de los pueblos donde los trenes se fueron deteniendo. Tras el primer viaje, vino la segunda travesía en septiembre de 1971 y finalmente el tercero y último en febrero de 1973.

Haydée Alarcón, una mujer pequeña, socialista, amiga y dentista de Salvador Allende, fue la autora de la idea de llevar atención médica a tres de las provincias más abandonadas del país: Biobío, Malleco y Cautín. Lo llamó el Tren de la Salud y lo puso en marcha en tiempo récord una vez asumido el gobierno de la Unidad Popular, convocando a los Ferrocarriles del Estado y el Servicio Nacional de Salud.

El doctor Víctor Hanna, anestesista, subió al segundo y tercer tren cuando era interno de Medicina Interna en el Hospital Sótero del Río. Alarcón, dice, era “una especie de motorcito” que dejó su consulta particular por hacer este proyecto.

-Siempre decía que teníamos que entregarle nuestro conocimiento al pueblo, que gracias al pueblo nos habíamos formado como profesionales y teníamos que devolverlo. Era muy política. Además de la atención, se encargaba de organizar algunas reuniones en las noches, iban a los sindicatos, o a los hospitales a conversar con la gente. Todo el mundo la veía como que el tren era ella. Tenía un liderazgo innato, nunca se enojaba, era muy tranquila, muy alegre. Pero tenía un carácter muy fuerte, una determinación y trabajaba más que nadie- recuerda.

El tren, cuenta Hanna sobre sus viajes, partió desde la Estación Central. Pasaron la cordillera de Nahuelbuta y empezaron a parar en todos los pueblitos, primero de la provincia de Arauco: Los Álamos, Contulmo.

-Me acuerdo cuando llegó el tren a un lugar y subió el primer paciente a oftalmología. Cuando salió de la plataforma con sus lentes puestos, toda la gente que estaba ahí lo aplaudió y el caballero se puso a llorar- recuerda Hanna.

Rubí Maldonado se subió al último tren del 2 de enero de 1973 y volvió para las elecciones parlamentarias de marzo. Tenía 23 años.

-Me subí al tren porque me encantó la idea de poder ir por todos los campos donde había una necesidad enorme de médicos. El gobierno popular tenía un programa muy bonito de llevar la medicina hasta los últimos rincones del país. Y como nosotros queríamos cambiar este mundo y hacerlo más justo, encontré que era súper buena idea subirme al tren ese verano en vez de irme de vacaciones- dice.

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INFATIGABLE

Cada vez que llegaba el Tren de la Salud a un pueblo, las radios locales, los hospitales y los mismos funcionarios salían a avisar de su llegada. Las estaciones de ferrocarriles se convertían en improvisadas las salas de espera y se atendía desde muy temprano hasta entrada la noche.

– A las ocho de la mañana pasaba Haydée despertándonos y daban ganas de dormir otro poquito, pero al poco rato pasaba de nuevo tirándonos agua en la cara ‘ya compañeritos, ya compañeritos’. La Haydée era infatigable- recuerda Mario Tapia, quien subió siendo estudiante de odontología al segundo y tercer viaje.

Cuenta Hanna que diariamente veían entre cuarenta y cincuenta pacientes. Extrañamente, no se acuerda de haber estado cansado. “Si hiciera eso ahora estaría muerto al final del día. Creo que estábamos como drogados con el tren”, admite.

La atención dental era uno de los pilares del proyecto: obturaciones, cirugías menores, extracciones y también prótesis se hacían en un tiempo récord. “Vimos mucha gente que tenía los dientes hechos pedazos y los dentistas llegaron a hacer terapia, no a arrancar muelas. Eso en la salud dental chilena no existía y todavía no existe”, advierte Hanna.

Fueron cientos los pacientes que llegaban sin dientes al tren y a los pocos días se iban con sus placas puestas. “Era tanto el impacto de la gente, que recuerdo la partida de un pueblo en que un señor corría detrás del tren despidiéndose feliz con su placa nueva en la mano”, cuenta Juan Carlos Gómez.

No sólo arriba de los vagones se desplegaban los servicios médicos. Cada día partía en uno de los jeeps que viajaban en el mismo tren, un dentista y su sillón dental, un par de médicos y un auxiliar. La idea era llegar a los puntos más recónditos de las provincias. “Íbamos a los campos, a los lugares más alejados, terminábamos caminando, en mula  o a caballo, como fuera para llegar a una escuela donde había una posta rural que a veces no tenía más que unas visitas esporádicas de los médicos de los pueblos más grandes. Teníamos la posibilidad de hacer interconsulta a los hospitales centrales, por ejemplo a Temuco, cuando se trataba de una patología más importante de lo que nosotros podíamos solucionar, o también se los mandaba al tren si era necesario”, relata Rubi. Maldonado, quien subió viajó junto a su marido y a sus padres, médicos que dejaron sus trabajos para ir a colaborar con la iniciativa.

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LA DENUNCIA DE OTRO CHILE

El Tren de la Salud, dice Mario Tapia, “sirvió para hacer una especia de denuncia de lo que habíamos vivido hasta ese momento. Nosotros los estudiantes quedamos absolutamente shockeados, entendíamos que la realidad de Chile estaba entre Estación Central y Tobalaba y en las asambleas estudiantiles decíamos un montón de consignas, pero la realidad misma, mirarla y conocerla, fue duro. Entender que había mujeres de 25 años con cinco cabros chicos y que representaban 50 años tranquilamente, sin dientes y por debajo de la talla y el peso de una mujer de esa edad, fue fuerte”.

Desnutrición, diarreas infantiles, tuberculosis, tiña, sarna, tumores que habían crecido sin ningún tipo de diagnóstico. Los médicos que se subieron al Tren de la Salud se encontraron con una realidad sanitaria que para la época casi solo se veía en los libros de medicina, no en los grandes hospitales donde ejercían o hacían sus prácticas profesionales.

-Además teníamos nuestros profesores de tanta generosidad al lado, que lo único que hacían era llevarnos de la mano para enseñarnos la atención, la curación y sobre todo la humanidad, cómo relacionarnos con los pacientes y cómo respetarlos- dice Maldonado.

El Tren, dice Leonidas Quintana, neurocirujano que viajó siendo interno de Medicina, les reafirmó la importancia de la labor social que tenían como médicos. “Ese grupo que se subió salió marcado con ese concepto social de medicina y lo importante que era para nuestra sociedad”.

El traumatólogo Ramón Rojas destaca que esa fue una época “en la que te sentías útil, haciendo cosas. Yo todavía pienso que esos muchachos que tenían cinco o seis años el ’70, que ahora deben tener 50 años, no se les ha olvidado nunca que fueron, les arreglaron los dientes y pudieron mascar tranquilos después de eso, o muchos viejos que deben haber pensado que revivieron con sus placas, y otros que realmente se rehabilitaron cuando veían las películas de lo que pasaba con el alcoholismo y que eso era lo que los mantenía esclavizados”, dice.

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EL FIN DEL VIAJE

En marzo del ’73, cuando volvió el último tren a Santiago, las tensiones en el gobierno de la Unidad Popular eran más que evidentes. En el mismo tren las diferencias en la dirigencia entre sus militantes comunistas, socialistas, radicales y del MIR, también habían comenzado a causar algunos roces respecto a cómo debían hacerse las cosas y a la conducción que éste debía tener.

Luego vino el golpe de Estado. Varios de los miembros del tren siguieron viendo esporádicamente a Haydée Alarcón hasta que en 1975 supieron de su detención. Dicen que pasó por Villa Grimaldi y por otros centros de tortura hasta salir al exilio en México.

“No tuve más contacto con ella. Sí supe que estuvo presa y que la trataron bastante mal”, dice Ramón Rojas. Lo mismo cuenta Hanna, quien recuerda que ya estando él en el exilio se encontró con la doctora María Elena Carrera –senadora durante la Unidad Popular y amiga de Alarcón- en una reunión de chilenos en Suiza. “Ahí conversamos y me contó que la Haydeé estaba en Guadalajara y que estaba participando en un Bus de la Salud. Eso fue lo último que supe de ella el año ‘79 o ‘80”.

La odontóloga no alcanzó a volver a Chile. A mediados de los ochenta murió en México. Por su aporte a la salud pública, sus cenizas fueron enterradas con honores en la Universidad de Guadalajara; por su trabajo en el Tren de la Salud, poco se sabe de ella en Chile.

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*Publicado en El Paracaídas #11

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