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SOPOROPOS: MEMORIA EN MUÑEQUITOS

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Medían apenas unos diez centímetros. Graciosos, tiernos, suaves, blandos, pobres y sobre todo misteriosos fueron los muñecos que las presas políticas de la dictadura confeccionaron, al inicio, con trozos de su propia ropa. En su interior ocultaron barretines con información que reveló nombres, agentes y centros de tortura. Una hija, una ex prisionera, estudiantes universitarias y una recopiladora se acercan a estos desconocidos objetos de la memoria.

Por Natalia Sánchez M.

Fotos: Alejandra Fuenzalida / Archivo familiar Marcela Andrades

Su nombre es un juego de palabras que proviene de “sopa de porotos”, la comida más habitual de las detenidas de Tres Álamos, el principal recinto de prisión donde se confeccionaron estos muñecos durante los primeros años de la dictadura militar. Entre 1974 y 1975 varios soporopos dieron a parar al Comité de Cooperación para la Paz en Chile (Comité Pro Paz), y a la Vicaría de la Solidaridad después, donde fueron destruidos para extraer de su interior los barretines de tela, que no fueran perceptibles al tacto. Estos pequeños pergaminos contenían nombres de detenidos desaparecidos, mapas, oficiales a cargo, tácticas, casas de tortura, entre otros datos. En consecuencia, quedaron muy pocos.

Según se reseña en la vitrina que se exhibe a un costado de la Sala Represión y Tortura del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, gracias a esta información fue posible reconstituir y registrar muchos de los acontecimientos de Tres y Cuatro Álamos. Estos olvidados muñecos de particular aspecto son parte de la colección de Artesanía Carcelaria del museo, donde comparten protagonismo entre dibujos, arpilleras y figuras talladas.

Las detenidas que se dice iniciaron esta estrategia de traspaso de información, un grupo de mujeres profesionales, sin saberlo fueron las creadoras de uno de los objetos más emblemáticos del afecto, la solidaridad y la resistencia entre las compañeras de celda y sus familias. Eva Alfaro fue una de esas mujeres. Con el tiempo, hombres y mujeres de otros recintos de prisión también confeccionaron soporopos.

Marcela Andrades

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TESOROS DOMINICALES

Eva Alfaro Holbrook egresó como odontóloga de la Universidad de Chile en 1966. Se tituló con honores y con una panza gigante embarazada de su hijo Miguel. De padre y madre inmigrantes ingleses, Eva nació entre indígenas en Nueva Imperial el 22 de abril de 1926. “Ella contaba que las indias se asustaron al ver un bebé tan clarito y sin pelo”, afirma Marcela Andrades, su otra hija. Este aspecto de mujer grandota de mejillas rosadas es un rasgo que otras mujeres reconocen en Marcela. “Yo estuve presa con tu mamá”, le han dicho en más de una ocasión. Eva fue detenida en su casa 1974. No tenía militancia.

Trabajaba en el Hospital Sótero del Rio y luego del golpe de Estado comenzó a recibir a vecinos para atenderlos en su casa en Puente Alto a cambio de algún aporte. La situación era complicada. Ángel Andrades Rivas, su marido, era militante del Partido Socialista y se encontraba oculto. Eva Alfaro fue acusada por sus propios vecinos por supuestas reuniones clandestinas. Marcela tenía 10 años.

“Eran mis juguetes, mis tesoros, yo los esperaba con ánsias. No medían más de diez cm. Con ellos jugaba a ser profesora y ellos mis alumnos”, recuerda con una sonrisa de nostalgia. Marcela cree haber recibido cerca de 50 soporopos que le regalaba su madre en las visitas dominicales a Tres Álamos. Hoy Marcela Andrades confecciona réplicas de estos muñecos, fieles a la forma y estilo de los suyos, en reinvindicación y recuerdo de su madre.

Cada día dedica un momento de su tiempo libre, fuera de su trabajo en la Junta Nacional de Jardines Infantiles, JUNJI, para “cortar un pantalón, coser un gorrito o pintar una cara”; nunca para de hacerlos. Su objetivo no es el comercio, pues confiesa que ni siquiera sabría qué precio ponerle a un trabajo como ese. La mayoría los ha hecho por encargo para familiares y agrupaciones de ex prioneros políticos y detenidos desaparecidos en Chile y en el extranjero, incluso una vez le encargaron 150 desde el Programa PRAIS.

119 SOPOROPOS

En la sala 105 de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile un grupo de estudiantes de distintas carreras y generaciones están reunidos en un semicírculo. Afuera se escuchan voces que hablan de los hitos de la movilización estudiantil, la actualidad nacional, el plan docente. Están en paro hace semanas. Dentro de la sala, hilos, lanas, trozos de tela, moldes, tijeras, alfileres y agujas transportan la escena hacia cualquier taller de manualidades. Su objetivo: hacer 119 soporopos para exponerlos en el acto de conmemoración de los 40 años de la Operación Colombo, el 12 de agosto, en la Casa Central.

María Alicia Salinas guía atenta el proceso, marcando los moldes en la tela, supervisando las puntadas y cortes, explicando el largo de la lana para el pelo de los soporopos hombres y los soporopos mujeres. Pese a que ella, como muchas de las muejeres del MIR, se dedicó más a la confección de blusas y otras prendas bordadas en su paso por Tres Álamos en 1975, también hizo soporopos y por eso fue invitada, a sus 66 años, por la Coordinadora de Estudiantes de Filosofía y Humanidades a contar su experiencia y realizar un taller de varias sesiones.

La mayoría de los estudiantes que está ahí no sabía coser. Llegaron intrigados por el evento de Facebook titulado Conversatorio con Alicia Salinas. Detenida política en Tres Alamos: Su experiencia y el porqué de los soporopos. No conocían la historia de estos muñecos. “No es coser por coser, no es coser cualquier cosa, es un ejercicio de memoria histórica”, comenta Stephanie Alvear, de tercer año de Historia. “Es bonito hacer algo todos juntos, algo con significado, conocer su historia”, agrega Belén Inzunza de primero de Filosofía. Cuando Alicia fue detenida tenía apenas un par de años más que ellas.

María Alicia Salinas fue parte del grupo de ex prisioneros políticos que estuvo en huelga de hambre en abril y mayo por pensiones más dignas.  Para ella es “raro” que estudiantes de historia, de filosofía y literatura estén cosiendo soporopos, sin embargo, cobra sentido al explicar por qué lo hacen. “Depende del vínculo que se establezca, del nivel de imporancia que tenga para uno”, reflexiona la ex mirista. En su experiencia en prisión, estas actividades manuales tenían que ver con “darle un sentido, un significado a estar presos, con formas de organización”.

“Pero no creo que lo vayan a logran, los 119, no van a alcanzar”, agrega. Y tiene razón. El 12 de agosto se exhibieron 19 soporopos en el Patio Andrés Bello de la Casa Central de la Universidad de Chile. Los estudiantes habían regresado a clases.

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LIBRES EN PRISIÓN

La casa de Ruth Voskovic parece un pequeño museo, una colección de objetos preciosos de distintos lugares de Latinoamérica. Pantallas tejidas de mimbre, vasijas de cerámica, e incluso una serie de peinetas de madera tallada decoran su baño. Menuda, vestida de gruesa lana, la antropóloga y diseñadora textil habla con emoción del proyecto de investigación “Libres en Prisión: las artesanías de la dictadura”, que trabajó junto a Silvia Ríos y Magdalena Cáceres, próximo a ser publicado.

En su obra clasifican objetos confeccionados por prisioneros y prisioneras de la Colección del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos –más de 4 mil objetos- entre Emblemáticos y Relevantes, según su importancia para los mismos detenidos, su entorno y la sociedad. Para ella los soporopos son un objeto emblemático porque con el tiempo se convirtieron en un símbolo de la vida en la prisión, desde una perspectiva emocional de poder “llenar el tiempo en un trabajo individual pero comunitario, para otros y para ellas mismas, sindo capaces de aprender y crear en un contexto de opresión”.

Para Ruth Voskovic todos estos objetos representan una memoria de la prisión política en dictadura que no ha sido valorada, “que tiene que ver con la vida y no con la muerte”. Como antropóloga, reconoce que este tipo de artículos manuales han existido siempre en la historia de la humanidad, se han encontrado muñecos artesanales en tumbas milenarias. Para ella, las condiciones de los centros de detención volvían a conectar a los detenidos con su esencia más primitiva. “Saber de artesanías de prisión política nos da libertad, nos permite entender que aún en las peores circunstancias somos capaces de emanciparnos como seres humanos y ser libres, libres en prisión”.

 

*Publicado en El Paracaídas #11

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