diamela eltit

SIGNOS Y CONSIGNAS

Share Button

Por Diamela Eltit

 

Mi intervención re-pasa la figura mistraliana como síntoma de una construcción oficial, sitio identitario, paradoja. Re-pasa los tiempos y sus paradigmas, el estupor y los ajustes de sentido. Y los  desajustes. La inestabilidad de las pedagogías Y sus fallas. Se trata de un acercamiento subjetivo, un ensayo en el sentido teatral y especialmente de una manía literaria.

A partir de la relación entre literatura y ciudades, recordé el tiempo que pasamos con mi familia al inicio del Valle del Elqui. Recordé la plaza principal de Vicuña pues la frecuentaba diariamente. Recordé que nos sentábamos en uno de los bancos de esa plaza. En el centro había una fuente de agua y en el medio se levantaba no un rostro sino un perfil de la poeta. Recordé a los niños en la fuente –era verano- bañándose,  afirmados en el perfil de Mistral. Era una imagen exacta pero insólita porque había algo divertido en esos niños afirmados de la nariz o de un pómulo o del ojo de la poeta cuyo perfil emergía de una manera no demasiado afortunada (desde el punto de vista estético) de entre las aguas.

Pero los niños se trepaban por su nariz o por su mejilla o por la curva de su ojo. A lo largo de un mes se repitió la escena festiva que unía lo solemne y el juego, lo estatuario y la velocidad de la infancia. Los tiempos y la historia cultural, una curiosa representación oblicua de Narciso en la fuente. Fue el verano de 1990. Antes yo ya había estado en Montegrande, sentada bajo el alero de una casa mirando lo único que se podía ver en el Valle: los cerros. En esa oportunidad, visité su casa de infancia. Una casa que, mediante muebles sencillos y escasos, buscaba reproducir su tiempo marcado por la austeridad económica. Llegar hasta  Montegrande (hablo de los primeros años ochenta) había sido difícil por la máxima estrechez que presentaban los caminos. Pensé en cómo habría sido la vida cotidiana y los desplazamientos en los años de infancia de Mistral, a finales del siglo XIX, imaginé la dificultad en un espacio prácticamente infranqueable.

Cuando Gabriela Mistral dejó atrás el Valle se internó en un vértigo nómada que le fue, es una hipótesis, totalmente necesario para resistir los turbulentos signos de reconocimientos y negaciones, de mitos y ficciones, de chismes, de homenajes y de abierta mala leche.

En otra ocasión compré en Santiago un libro autoeditado que contenía cartas entre la poeta e Isauro Santelices, con el que mantuvo una correspondencia asistemática por aproximadamente cuarenta años. El libro recoge las constantes que iban a marcar todo su trayecto: la hostilidad de sus pares, las autodefensas, los problemas económicos y el tema de su salud.

Quiero detenerme en este aspecto: la correspondencia de Mistral se concentra  en quejas ante los diversos dolores que la aquejan. Le escribe a Isauro Santelices: “Mis huesos ya están mordidos de reumatismo, de males de pura vejez”. Y le escribe: “las lindas rosas de su linda tierra que le ha mandado a esta vieja que hace versos”. Ambos textos están escritos cuando la poeta tiene 25 años.

Hay que considerar los factores epocales, sus leyes, sus requerimientos. En la primera mitad del siglo XX, la pregunta retórica por la salud era un signo de buena educación. Según los modelos en que se estructuraba la carta, la mención a la salud encabezaba los textos. Más adelante, la expansión neoliberal frenó esa convención y hoy si alguien pregunta por la salud de una persona puede ser percibido como impertinencia y casi como agresión frente a una realidad social que se diseña a sí misma de acuerdo a parámetros signados por la obligación a una vida exitosa, una vida “me gusta” tipo Facebook y por una salud fundada en un optimismo corporal que prescinde de los órganos.

Me interesó de manera especial “escuchar” esos dolores que atravesaron toda su vida. Me propuse pensarlos. Pensar a esa vieja reumática arruinada por su ancianidad a los 25 años. Pensar sus huesos y  sus diferentes males.

Pensé acaso el dolor no era una de las condiciones de lo femenino. Pensé en que podría existir una conexión entre género y dolor, en su sentido más físico como también simbólico. Pensé que Mistral, desde esa perspectiva, podía convertirse en un hito, en un ejemplo  no consignado por las pedagogías estatales. Pensé en las condiciones síquicas y contextuales que arruinaban sus huesos. Sí, los huesos, lo más estable, que no la sostenían ya a sus 25 años.

O la sostenían. Porque es impresionante como Mistral se estructuró en las paradojas. Produjo incesantes emancipaciones de sí misma mediante la alteración, como asegura Rancière, de lo posible y de lo pensable. Considerada la maestra por excelencia hay que tener en cuenta –y este es un dato fundamental-  que Mistral jamás asistió a la escuela. Fue escolarizada por su hermana y su carrera pedagógica se construyó de una manera aleatoria, ligada a los imperativos alfabetizadores de su tiempo,  precarios en zonas rurales.

A los 14 años, gracias a su hermana, empezó a trabajar como ayudante de preceptora, siempre en la zona nortina. Pensé en esos huesos trabajadores que cuando ingresaron a la escuela lo hicieron directamente al lugar jerárquico de los que impartían el saber.

A pesar de los despidos constantes, siguió de escuela en escuela profundizando una formación completamente autodidacta. A los 25 años ya llevaba once de trabajo docente. En verdad era lo que se podría denominar una “vieja profesora” cuando escribe desde el liceo de Los Andes a Isauro Santelices. Me he preguntado muchas veces por su situación académica cuando no anómala sí excepcional. He pensado también en sus dolores, digamos, educativos y cómo consiguió emanciparlos. Así fue alcanzando un estatus hasta que, de manera contundente, la Universidad de Chile, le concedió por gracia el título de Profesora de Estado.

Más allá de la polémica que provocó su título en el área profesional docente de la época y que la humilló al poner de relieve su no formación profesional hasta oponerse o impedir determinados nombramientos, Gabriela Mistral logró revertir su calidad de autodidacta para transformarse en una especialista. Porque  José Vansconcelos, el reconocido intelectual y poderoso Ministro de Educación, la invitó en 1922 para trabajar en la reforma de los planes de educación en México.

Ese desacomodo estaba en otros órdenes de su vida. En los primeros años del siglo XX, la ciudad de Santiago celebraba con gran despliegue mediático la llamada “Fiesta de la Primavera” organizada por los estudiantes de la Universidad de Chile. Y la elección de la “Reina de la Primavera” constituía el momento más concurrido y celebrado de la fiesta.

También coincidía con los “Juegos Florales”, un concurso de poesía. Así, la coronación de una reina, se sobrecoronaba con un concurso poético de gran importancia donde el poeta ganador recibía un premio que le daba visibilidad y que se entregaba solemnemente en el Teatro Municipal. Se entendía que los poemas elegidos eran una ofrenda para la reina del certamen. El año 1914 la vencedora de ese concurso fue Gabriela Mistral con su poema “Sonetos de la Muerte”.

Su galardón no estuvo exento de polémicas. “Sonetos de la Muerte” es un oscuro poema de amor, pero especialmente es un himno a la venganza. Un poema fundado en los restos: “porque hasta ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos”, un poema oscuro, cruel, gótico, celebratorio de la muerte y de la calavera. Y eso, precisamente, hizo que se levantaran voces de molestia ante un premio que no resultaba funcional a la fiesta, a la reina, a la recitación y a la celebración de la primavera más joven.

Este premio puso de relieve que su nombre iba a estar acompañado de apasionados rechazos que se extenderían a lo largo de toda su vida. Mistral no fue a recibir su premio, lo hizo Isauro Santelices, consideraba que estaba demasiado vieja y enferma a sus 25 años para mostrarse ante un público. Sin embargo, lo presenció desde la galería del teatro, es decir estuvo como público en una celebración de la que estaba ausente.

Y entre los escenarios mistralianos que conservo cómo no recordar el viaje que realicé en México hacia la Hacienda El Lencero, en Jalapa, cerca de Veracruz, lugar donde había vivido la poeta a finales de los años 40’s. Las autoridades habían levantado una estatua a Mistral e íbamos a su inauguración y me correspondía hacer un discurso pues yo me desempeñaba como agregada cultural de la Embajada de Chile.

Partimos a Veracruz y luego a la hacienda El Lencero. Allí se presentaba un libro que recogía la estancia de la poeta en la zona, documentos recogidos por el crítico Mario Schneider. En ese libro, se podía constatar toda la paradoja que habitaba a Mistral, por una parte una irrestricta fidelidad al mundo indígena y, por otra, prejuicios inexplicables frente al mundo afroamericano.

Ese segundo tiempo mexicano fue delicado para la poeta. El suicidio de su hijo adoptivo había sido demoledor y ella se aferraba a la teoría de un asesinato, culpaba a las pandillas brasileñas . Su vuelta pos Nobel a México era un regreso a un pasado más benéfico. En la ceremonia, cuando se develó la estatua,  quedé estupefacta. Era una estatua realista pero no la contenía. En un momento me acerqué al escultor y me comentó que no había conseguido ninguna foto de la poeta y para reproducir su imagen recurrió a una mujer muy anciana que la había conocido en los años de el Lencero y ella le había proporcionado un retrato oral. Me pareció una situación que oscilaba entre el absurdo y la exactitud. Me convencí que los discursos oficiales portaban un torcimiento, un malentendido, una función burocrática rodeada de inexactitudes. Pensé en la enseñanza, sus convenciones y la estela no menor de errores que eran  y son aprendidos de memoria por los estudiantes como una ofrenda a una mala educación.  

A mediados de los ‘90 visité la población Huemul de Santiago. Un barrio obrero que se erigió como un experimento social. Un modelo de vida diseñado según los criterios de una burguesía que ensoñaba la perfección del trabajador.

La población era un programa que pretendía combatir la violencia, el alcoholismo, para favorecer una comunidad centrada en la salud, la abstinencia y la cultura y entregada “en cuerpo y alma” al trabajo. Las casas, la plaza, el dispensario, la iglesia, la escuela y un imponente teatro, siguieron perviviendo a pesar del fracaso del proyecto. La población Huemul fue un ejemplo del deseo de obrero escrito por las clases dominantes, un control, como diría Michel Foucault, panóptico en los tiempos en que se expandía la industrialización en el país.

Allí fue donde Gabriela Mistral compró la única casa que adquirió en Chile. Ella era políticamente cercana a la falange. El que iba a ser su abogado en la posterior venta fue Eduardo Frei: “Cuando usted sea Presidente, me daré tres vueltas en mi tumba”, le escribió Mistral. Llegué a la casa, me abrió la puerta un señor que me dijo que sí, que esa había sido la casa de Mistral, que él no tenía idea cuándo la compró, que estaba cansado de que le tocaran el timbre, que la gente entraba porque quería conocerla y la casa no estaba en buenas condiciones. “Imagínese”, me dijo. Y dijo que él hacía lo que podía, que había que pintarla, que fue hasta el municipio para conseguir ayuda económica para comprar pintura, que le dijeron que no. Me dijo que iba a vender la casa porque finalmente no le había traído sino problemas. Desde luego el Estado no compró la casa pues estaba fuera de los parámetros discursivos en torno a la poeta.

Y quiero también traer otra imagen. El Estado de Chile el año 2007 recibió un archivo de Gabriela Mistral. En el año 2009 se publicó el libro “Niña Errante” que recogía la correspondencia entre Doris Dana y la poeta. De manera indesmentible, el Estado daba una vuelta de tuerca como diría Henry James y ratificaba que existía entre las dos mujeres una relación amorosa. En esa correspondencia me pareció realmente crucial cómo en algunas cartas, en el interior del mismo texto, Mistral pasaba velozmente del masculino al femenino. Pensé en una performática del género en  la letra, una torsión que portaba deseos y sentidos, “Soy colérico”, “soy celoso” aseguraba Mistral en sus cartas y más adelante, en el mismo texto,  se quejaba puntillosamente  como una “mujercita”  del malestar en sus pulmones. Esa teatralidad de la escritura, su deslizamiento de género, me resultó pre Buttler. Actual. Como un sueño prospectivo.

Y como última imagen, viajé al Elqui nuevamente. Lo hice cuando ya la poeta no era la víctima  de la fatalidad amorosa del siglo XX sino una mujer lesbiana del siglo XXI. Se había producido una poderosa re-construcción estatal. Y  en ese viaje puntual, subí hasta su tumba con una multitud de personas que conformábamos una peregrinación poética. Sí,  porque finalmente el Norte Chico es mistraliano. Y de siglo en siglo Mistral mantiene intacto su poder porque la verdad es que, a pesar de todos sus incontables dolores, sus huesos resistieron mucho más allá de lo posible y de lo pensable.

 

 

*Publicado en El Paracaídas #12

 

 

 

Share Button