ana pizarro copia

EL FENÓMENO MISTRAL

Share Button

Por Ana Pizarro*

 

¿Quién hubiese imaginado, en el curso de una vida, las transformaciones que tendría la imagen de Gabriela Mistral? Nadie, sin duda, salvo ella misma. Porque a ella le importaba, evidentemente, su imagen pública y se encargó, con genialidad, de entronizarla, de acuerdo a las circunstancias. Es uno de los elementos que le pesaban en una eventual vuelta a Chile. La llamarían “la Gaby”, decía con humor, consciente de ese ninguneo generalizado en el país, como una forma de manejar al otro en su punto débil: el “chico”, el “gordo”, el “flaco”. La “Gaby” sería la vulgarización de un destino con vocación mayor, que tenía por nombre Gabriela Mistral. De allí su obsesiva correspondencia, en donde consigna sus opiniones, establece sus jerarquías, puntualiza frente al otro sus emociones. En ella es impresionante entre otras la carta con destinatario colectivo para sus amigos, que envía al morir Yin. Lo hemos tratado en otro trabajo: allí  no deja lugar a la duda ni espacio al análisis. Esta fue la causa, estas las circunstancias y luego da paso a la evocación de su dolor.

Todo esto forma parte de las estrategias que ella necesita desarrollar para lograr ese gran destino que  ha forjado para sí misma una campesina llamada Lucila Godoy cuya utopía es una escritora reconocida con el nombre de Gabriela Mistral. Utopía realizada, de hecho, pero utopía al fin. Porque desde la primera imagen que se nos entrega de Gabriela, la de la maestra, la joven que vence en los Juegos Florales de provincia hasta la última que se nos ha revelado, la escritora de los amores lésbicos revelados luego de su muerte y buscados con un cierto  halo escabroso por los medios, hay un camino recorrido en el cual la escritora se manejó con una habilidad extraordinaria, previendo casi la imaginería post mortem.

La primera imagen que ella instala es la de la maestra. Como tal, ya no se trata de una campesina que posee voz – que seguramente no sería escuchada por su condición-, es una profesora de la enseñanza primaria de Chile, con toda la respetabilidad que la profesión tenía en el país de la primera mitad del siglo XX, eco de la imagen que Sarmiento había erigido en Argentina. Imagen del rigor, el conocimiento, la rectitud, la dedicación. A esto había que adosar la historia dramática del novio suicida. Entonces empieza a adquirir fuerza esa voz  que acompaña a la muerte, al dolor trágico de la tumba y al dolor como permanencia en su relación con el mundo natural:

“El viento hace a mi casa su ronda de sollozos

y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.

Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,

miro morir intensos ocasos dolorosos”

 

Esta imagen  de  la educadora será reforzada por la invitación que Vasconcelos le hace para participar en la construcción de una educación para México en las primeras décadas de la Revolución. En esos años la trayectoria fuera del país tiene un prestigio  enorme en la mirada nacional. Gabriela ya ha recorrido con su magisterio distintas instituciones de enseñanza primaria dentro del país: Los Andes, Punta Arenas, Temuco, Santiago y su ejercicio acompañado por una percepción lúcida de la realidad de su país la han ido formando. Aunque joven, le han dado competencia. Es muy curioso: ella sale de Chile con poco más de treinta años y su primer libro  lo publica fuera del país. Es decir, es muy joven y su formación en el magisterio nacional, sus lecturas, su conocimiento del país, son su prerrogativa. Sale de Chile como la maestra por excelencia y desarrolla esta formación primera con la experiencia allí en México y otros países que visita.

Es esta la imagen que se entroniza en Chile, la que pasa a la enseñanza en el país a lo largo del siglo, la que reconocen nuestros padres y nosotros mismos en los cursos de literatura y en la referencia a las glorias nacionales. Es una imagen muy conveniente para un país conservador como el nuestro. Gabriela no tiene fisura: ella desarrolla su magisterio y su palabra inequívoca es  recibida con fervor: “Piececitos de niño…” Es la imagen misma de la escuela primaria tradicional y sus delantales blancos plisados, los exhibidos maravillosamente en el cuadro de Roser Bru. Gabriela se ha instalado allí y ahora puede hacer escuchar su palabra. Pero no sólo a nivel nacional, la maestra va a adquirir un nuevo estatus de representación de mayor nivel social, ahora será la representante del país en el campo de la cultura en diversas instancias internacionales.

Hasta allí todo está perfecto. Se trata de la señora conservadora que el país quería y que se enorgullece en mostrar, al punto que la Junta Militar que se impone en Chile el año ‘73 pone  su nombre al edificio en donde se asienta el poder ilegítimo. Más tarde su imagen se imprimirá en el billete de uso corriente de cinco mil pesos. Los militares entronizan a Mistral intentando desdibujar en el país la presencia de Neruda que irradiaba en el período de Allende.

Pero existen los investigadores de la literatura y sus secuaces. Entonces a fines de los ochenta, cuando ya el período militar comienza a estar cuestionado socialmente, la crítica – todo parte de las feministas, naturalmente – se reúne en torno a La Morada para dialogar sobre Mistral. Mucha agua ha pasado bajo los puentes de la teoría, y nuevas lecturas han comenzado a visualizar otras dimensiones. Los trabajos que allí se presentan – lo recuerdo como una epifanía-  comienzan a poner en evidencia resquicios de la escritura sorprendentes por su virtualidad, espacios poéticos leídos con posibilidades inéditas y comienza entonces a aparecer una Gabriela Mistral nueva, remozada, lejos de toda ñoñería, de sentidos plurales, de recónditos abismos.

GABRIELA MISTRAL 05

Gabriela queda en evidencia entonces como una nueva imagen: como una mujer traspasada por conflictos internos, tensionada por sus propios abismos. Gabriela aparece como una identidad compleja, atractiva al análisis, nueva. Esta nueva imagen- “una en mí maté / yo no la amaba”-, evidentemente implicaba –  implica aún-   una lucha. De alguna manera su existencia expresaba las grandes divisiones  ideológicas, sociales y económicas del país entre sus sectores conservadores y sus sectores progresistas y de vanguardia. La complejidad exigía batallar  por su hegemonía.

Evidentemente, nadie más que Gabriela sabía de la existencia de esta imagen que nosotros descubríamos a punta de bibliotecas y archivos. Pero al mismo tiempo, no era la que el país quería. Ella siempre estuvo mucho más adelante que nosotros.

Hoy su correspondencia nos ha entregado una tercera imagen, la de su dimensión lésbica. De alguna manera lo presentíamos y esto agregaba otro elemento a su complejidad. Con esto  la primera imagen conservadora se rompe totalmente. Si ella  guardó su correspondencia sabía que el país se enteraría en algún momento. ¿Cómo  absorberá esta imagen el país ahora? Lo más interesante de todo es que esta surge en un momento en que hay importantes sectores abiertos a la diferencia. Es como si ella lo hubiese imaginado.

 

*Investigadora IDEA- USACH

*Publicado en El Paracaídas #12

Share Button