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ESCUELAS DE TEMPORADA: UN LEGADO DE AMANDA LABARCA PARA CHILE

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En sus tiempos de gloria los inscritos superaron los cinco mil estudiantes, entre educadores, profesionales de diversos rubros, militares, monjas, comerciantes, campesinos y trabajadores de todas las áreas y los rincones del país. Por sus aulas pasaron maestros como Guillermo Feliú, Benjamín Subercaseaux, Marta Brunet, Sótero del Río, Nemesio Antúnez, Margot Loyola. Hoy, las Escuelas de Temporada retornaron a la Universidad de Chile, con la participación de Premios Nacionales, miembros del Ballet Nacional Chileno y destacados artistas e investigadores.

 

Por Natalia Sánchez M. / Fotos: Archivo Central Andrés Bello

“Me dijo: ‘Esta cueca tiene que enseñarse en las Escuelas de Temporada’. Yo le repliqué: ‘¿Pero cómo, si yo no sé lo que hago?’. ‘No importa -me dijo- usted tiene algo de los campos, así que va allá, se para, enseña lo que puede y aprende’”.

Así relató Margot Loyola cómo fue el propio rector Juvenal Hernández quien la invitó, un día al verla bailar cueca, a integrarse a las Escuelas de Temporada. “Me inicié como maestra de estos cursos que tuvieron un éxito extraordinario en 1949”, relató la folclorista en una entrevista a la Revista Musical Chilena en 1995.

En la historia de la cultura popular, el paso de Margot Loyola por las distintas regiones del país marca un antes y un después en la forma de hacer folclore. Hacia 1953 se formó el Conjunto de Alumnos de Margot Loyola, que se disolvió en 1955 tras una gira por Brasil. Parte de sus integrantes se reagrupó luego, adoptando el nombre Cuncumén.

“En sus primeros tiempos, Cuncumén sólo hacía repertorio entregado por Matilde Baeza y por mí. Con ellos se impone la modalidad de cantar en coro las cosas que tradicionalmente eran interpretadas por solistas, dúos o tríos. Fue una de las consecuencias de aquellas Escuelas de Temporada”, recordaba tiempo después la cantora y Premio Nacional de Arte.

Margot Loyola reconocía que el surgimiento de los conjuntos folclóricos de aquellas caracaterísticas tuvo que ver con la gran cantidad de estudiantes que recibía en sus clases: “Hasta 300 alumnos llegamos a tener. ¡La locura! Cuando terminaban, tenía que presentar a mis alumnos mostrando lo que habían aprendido. Era tanta la gente y tan poco el tiempo de presentación, que surgió la idea de hacerlas cantar en coro. Esta forma coral de cantar tonadas y cuecas, pronto se generalizó en todo Chile con la labor de los conjuntos folclóricos”.

Tras los largos años de la censura cultural que instauró la dictadura militar, recién en el año 2013, bajo la Vicerrectoría de Extensión de Sonia Montecino, la Universidad de Chile volvió a impulsar las Escuelas de Temporada, realizando exitosas versiones de Verano e Invierno en Santiago. Pero no fue hasta enero de 2015 cuando, por iniciativa de la actual Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones, Faride Zeran, en la ciudad de Coyhaique se reinauguraron, tras de más de 40 años,  las Escuelas a regiones.

Para 2016 la Escuela de Verano llegará a la región de Magallanes, con actividades en Punta Arenas, Puerto Natales y Porvenir. Así, la misión de la Universidad de Chile ante estos desafíos, que son de toda la comunidad universitaria, retoma un mandato simbólico y material que implica construir conocimiento con la comunidad y buscar aliados que promuevan la responsabilidad del Estado con la vida republicana.

De esta forma se rescata uno de los más importantes legados de Amanda Labarca, primera latinoamericana en ejercer una cátedra universitaria y gestora de un proyecto que entregaría una oferta educativa abierta a todo público y en las diversas regiones del país, convirtiéndose en vanguardia entre las universidades americanas y un sello fundamental de la Casa de Bello.

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CURSOS DE VANGUARDIA DESDE 1936 

“A una mujer de superior inteligencia y de inquebrantable voluntad para crear, que se llama Amanda Labarca –que es como decir la eficiencia misma-, le corresponde concebir las Escuelas de Temporada, proponer su proyecto al Rector de la Universidad de Chile, Juvenal Hernández, y obtener, con él, del Consejo de esa casa de estudios, el espaldarazo de consagración de su proyecto, en 14 de mayo de 1935”.

Con estas palabras describe el surgimiento de las Escuelas de Temporada el profesor de Filosofía de la Educación del Instituto Pedagógico, Moisés Mussa Battal, en su ensayo “Dos decenios de difusión cultural en Chile”, publicado en 1954 al cumplirse 20 años de labor de dichas escuelas.

El lunes 6 de enero de 1936 partió la primera Escuela de Temporada, en Santiago. 534 personas -14 extranjeras y 286 de las provincias de todo Chile, gracias al descuento de tarifa en Ferrocarriles del Estado y un aporte de 20 mil pesos del ministerio de Educación para su traslado- se dieron cita en el Liceo de Niños Nº1, la Facultad de Bellas Artes, el Instituto de Educación Física y los laboatorios de la Escuela de Química y Farmacia, durante cuatro semanas para dar vida a los 35 cursos dictados, de un total de 90 ofrecidos inicialmente.

No con pocas dificultades se logró confirmar el equipo de profesores, dadas las aprensiones a realizar un curso extraordinario durante las vacaciones y la desconfianza del éxito que las escuelas pudieran lograr. Pese a ello se contó incluso con maestros internacionales como los escritores Alonso Hernández Catá de la Universidad de Panamá y Amado Alonso, Director del Instituto de Filología Hispánica de Buenos Aires. Entre los nacionales destacaban José Caracci, Carlos Keller, Domingo Santa Cruz, Santiago Labarca, Margarita Mieres de Rivas y la propia Amanda Labarca, por mencionar algunos.

Los cursos ofrecidos abordaron temáticas diversas como Apreciación Musical, Dibujo técnico y artístico, Artes Manuales Femeninas, Bacteriología, Biblioteconomía, Categorías Gramaticales, Valores Literarios, Radio y Cine Sonoro, Química Analítica, Psicofisiología de la Infancia y de la Adolescencia, Bases para un Sistema Pedagógico Nacional, Filosofía de la Educación, Orientación Profesional, Técnica de la Educación Física, Literatura Francesa de post guerra, Evolución Social Americana, entre otras.

Con el transcurso de la escuela, aquellas dudas iniciales se disiparon rápidamente. Su envergadura fue tal que se hizo necesaria la implementación de un sistema de bibliotecas. El Instituto de Cinematografía Educativa de la Universidad de Chile se puso a disposición realizando tres funciones en el Salón de Honor; “Maravillas del Universo”, “El mundo que no conocemos”, y las películas descriptivas “México”, “Alaska”, “Hidrología”, “Desarrollo del Aedes Aegyptus” y “Campos de rulo”. Cada función acompañada de una Sinfonía de Beethoven.

Además de los cursos la escuela contempló diversas conferencias, asambleas de estudio para abordar materias pedagógicas, recitales artísticos e incluso se organizaron paseos de fin de semana con precios reducidos a Cartagena, Quintero, Valparaíso y Viña del Mar.

Amanda Labarca retrata el espíritu de la primera experiencia, en su informe presentado ante el Consejo Universitario, señalando que “la labor de los profesores merece todo elogio. No se registraron más de dos horas de inasistencia en todo el mes de clase y hubo muchos profesores que aumentaron el número de las que tenían que efectuar espontáneamente. Este interés manifiesto y vivísimo, tanto de parte de los alumnos como de los profesores, determinó la formación de un ambiente de estudio y de cultura estimulador. Todos trabajaban empeñosamente y con agrado tal que olvidaban las molestias inherentes a cursos efectuados en la época más calurosa del año”.

Marta Brunet

Marta Brunet

IMPACTO SOCIAL

Desde sus incios, Amanda Labarca pensó las Escuelas de Temporada como una oferta de cursos libres que respondieran “a los anhelos de cultura del público; añadir otros de calidad superior que interesaran a los profesionales que, por causas ajenas a su voluntad no habían contado con la posibilidad de modernizar sus conocimientos universitarios, y, por último, formar un núcleo de estudios que interesaran a los extranjeros, dándoles a conocer nuestro arte, historia, instituciones y cultura”.

En 1954 las Escuelas de Temporada cumplían dos décadas de funcionamiento. A esa fecha la Universidad de Chile había realizado 78 de éstas; 32 de verano, 7 de otoño, 7 de primavera y 32 de invierno.

Aunque recién en 1949 se logró el anhelo de la primera Escuela de Verano fuera de la capital, en Valparaíso, para 1954 se habían realizado 34 escuelas en provincias: una en Talca, Rancagua, Copiapó y Chuquicamata; dos en Arica, Iquique, Ovalle, Osorno y Valdivia; tres en La Serena, Antofagasta y Punta Arenas; cuatro en Temuco; y ocho en Valparaíso, además de diversas misiones culturales más breves.

Las matrículas reflejaban aquel crecimiento. De los 534 inscritos en la primera versión, hacia 1940 la cifra bordeaba los 800 alumnos, en 1945 los estudiantes fueron 1.163, mientras que en 1950 se alcanzó la cifra de 3.564, para 1954 ya se celebraba contar diez veces la cantidad inicial con 5.391 inscritos. De un acumulado de 51.098 estudiantes se estimaba que 17.505 correspodían a las escuelas en provincias y 535 fueron becarios extranjeros de países americanos.

Los objetivos trazados por Amanda Labarca, y por los directores y directoras que la sucedieron en esta labor, se habían cumplido con creces. La Universidad de Chile asumía la función educadora no sólo en la formación de profesionales de excelencia, sino que también en la difusión de la cultura hacia todos los rincones y clases sociales del país, cumpliendo el mandato de la Reforma al Estatuto de 1931 y continuando el trabajo de extensión universitaria iniciado por el Rector Valentín Letelier en la década de 1900.

Sobre este impacto, Moisés Mussa señala en su citado ensayo que “la clase media y el proletariado son los que mejor han comprendido los provechos que les llevan las Escuelas de Temporada. Gracias a ellas tienen clara visión de su situación social y de sus necesidades y derechos; suplen las deficiencias culturales que los aquejan; se informan de la hora en que viven, de las leyes que los benefician, de las responsabilidades que les toca asumir; adquieren conciencia de su papel social”.

EL REGRESO DEL LEGADO DE AMANDA LABARCA 

Para la Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales Sonia Montecino las Escuelas de Temporada de la Universidad de Chile “tuvieron un significado enorme para el país y para el desarrollo cultural, en ellas participaban todos los exponentes intelectuales de la universidad y estaba abierto a todo público”. En sus palabras “representaron de alguna manera la edad de oro de la Universidad de Chile en términos de su impacto cultural a la sociedad”.

Esa fue la razón por la que decidió “revisitar esas escuelas, releerlas en un sentido contemporáneo” y traerlas de regreso durante su periodo como Vicerrectora de Extensión. Así es como en julio de 2013 regresó la tradición de diálogo ciudadano con la Escuela de Invierno “Disyuntivas del Chile Contemporáneo”, con cuatro ejes temáticos: la diversidad cultural del país, una mirada interdisciplinaria de la alimentación, la relación de los ciudadanos con el Estado y los cambios demográficos. Destacaron en esta versión sus invitados internacionales; el español Jesús Contreras, Karl Johnstone de Nueva Zelanda y el boliviano Juan de Dios Yapita.

En enero de 2014 la Escuela de Verano “La Universidad de Chile en tu barrio” contó con la colaboración de las municipalidades de Providencia y Pudahuel, desarrollándose en espacios universitarios y lugares públicos de ambas comunas. Una amplia programación de cursos, talleres, diálogos, laboratorios y ciclos de cine culminaron con la creación de un mural colectivo, junto a la Brigada Ramona Parra, en el frontis de la Casa Central.

El 2015, la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones, encabezada por la Premio Nacional de Periodismo y Premio Amanda Labarca, Faride Zeran, optó por aventurarse a salir a regiones, luego de 40 años. Durante una semana de enero la ciudad de Coyhaique recibió una delegación de 16 académicos y académicas que, junto a actores locales, realizaron la Escuela de Temporada “Diálogos entre Arte y Ciencia”.

Para la Vicerrectora Zeran, retornar estas iniciativas a regiones responde principalmente a “la necesidad de pensar en la Universidad de Chile como una universidad nacional, en el verdadero sentido. Más allá que nuestras sedes regionales hayan sido arrebatadas en 1981, esta es una universidad que se debe a todos los territorios del país, pero en permanente diálogo con los actores locales”.  Reflejo de ello es que la escuela se organizara en conjunto con el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) de la región de Aysén, encabezado por su Directora, Carolina Rojas.

En esa línea de trabajo colaborativo, la versión de verano 2016 se está organizando en conjunto con la Universidad de Magallanes y la Dirección Regional del CNCA. La Escuela de Temporada “Diálogos entre Territorios, Ciudadanía y Derechos Humanos” llevará sus actividades a Punta Arenas, Puerto Natales y Porvenir. Danza, música, cine, matemáticas, poesía mapuche, memoria y derechos humanos, gestión cultural, racismo, lectura, crónica, juventud y adolescencia, telemedicina, educación y violencia de género serán algunos de los temas que se tratarán.

“Para nosotros es muy importante recalcar que no llegamos con una verdad desde arriba, sino que buscamos interlocutar con las universidades estatales locales, en un permanente diálogo con nuestros académicos. Así lo estamos haciendo con la Universidad de Magallanes y tenemos el gusto de proyectar para otoño de 2016, a petición de la rectora de la nueva Universidad de Aysén, Roxana Pey, una segunda versión en esa región. Es el espíritu que impulsó Amanda Labarca y el sello que hoy nosotros queremos proyectar”, afirma la Vicerrectora Zeran.

De ese espíritu se hacen cargo testimonios como el de Magda Quintana, quien cursó en enero en Coyhaique el taller “Todos podemos dibujar” del profesor Iñaiki Uribarri. Ella  contó en esa oportunidad que asistió a la primera jornada cultural que llegó de la Universidad de Chile a Puerto Aysén. Hoy sus palabras inspiran más versiones y el camino ya no se cortará: “Venía Subercaseaux, la Margot Loyola, Samuel Román en dibujo, y también estuve yo en su curso. Él pensó que se encontraría con pintores y dijo ‘¡oh!, comienzo a hacer una clase desde abajo. Eso fue en el invierno de 1958, llovía a cántaros. Y ahora estoy nuevamente aquí, estoy feliz”.

 

*Publicado en El Paracaídas #13

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